El papel crujió en sus manos mientras lo desenrollaba. Vi un pez rojo cortado en secciones, como dibujado con sangre.
— ¡ Thurber!
— Sí — dijo tranquilamente, enrollando de nuevo el papel con ambas manos.
— ¿Una nueva expedición?
— Sí — repitió. Fue al rincón, dejó el rollo en su sitio, y lo apoyó contra la pared como un arma.
— ¿Cuándo? ¿Adonde?
— No muy pronto. Al centro.
— Nube de Sagitario… — murmuré.
— Sí. Los preparativos durarán algún tiempo. Pero gracias a la anabiosis…
Continuó hablando, pero a mí sólo me llegaron palabras aisladas. «Vuelo de lazo», «aceleración sin gravedad»… y la excitación que me dominó cuando vi la forma del gran cohete, dibujada por los constructores, se convirtió en una inesperada lasitud, de cuyo fondo, como a través de las tinieblas, contemplé mis manos, colocadas sobre las rodillas. Thurber dejó de hablar, me miró de reojo, rodeó la mesa y empezó a amontonar sus carpetas, como si quisiera darme tiempo para digerir esta noticia tan extraordinaria. Yo tendría que haberle ametrallado a preguntas: quién de nosotros, los antiguos, tomaría parte, cuántos años duraría la expedición, cuáles eran sus objetivos. Pero no formulé ninguna pregunta. Como todo ello se consideraba un secreto, no quería saber nada.
Miré sus manos grandes y arrugadas en las que su edad avanzada se advertía con más claridad que en el rostro, y mi aturdimiento se mezcló con una especie de satisfacción, tan inesperada como malévola: que seguramente él no podría volar con los demás. «Tampoco yo presenciaré su regreso, ni siquiera aunque alcance la edad de Matusalén», pensé. Bueno, era igual. Nada de esto tenía ya la menor importancia. Me levanté.
Thurber hizo crujir sus papeles. — Bregg — dijo sin levantar la vista —, aún tengo algo que hacer aquí, pero si quieres, podemos cenar juntos. Y puedes pernoctar en la residencia, que ahora está completamente vacía.
Musité «Está bien» y me dirigí a la puerta. Ya había empezado a trabajar, como si yo no existiera. Permanecí un momento en el umbral y salí. Durante unos segundos no supe dónde estaba, hasta que oí un golpeteo claro y rítmico: el eco de mis propios pasos. Me detuve.
Estaba en el centro de un largo pasillo, entre una doble hilera de puertas iguales. Aún se oía el eco de los pasos. ¿Una ilusión? ¿Acaso había alguien caminando detrás de mí? Me volví y distinguí una alta silueta que desapareció por una puerta muy lejana. Fue tan breve que no vi a la persona, sino sólo el movimiento, una parte de su espalda y la puerta que se cerraba.
No tenía nada que hacer allí. Continuar no tenía sentido, ya que el pasillo terminaba al fondo. Di media vuelta y pasé junto a una ventana muy alta. Sobre la mancha negra del parque flotaba el resplandor plateado de la ciudad. De nuevo me paré ante la puerta que ostentaba el letrero: «Aquí, Bregg», tras la cual trabajaba Thurber. No quería verle más. No tenía nada que decirle, y él a mí, tampoco. ¿Por qué había venido? De pronto, asombrado, lo recordé: debía entrar y preguntar por Olaf.
Pero no ahora. No en este momento. Fui hacia la escalera. Frente a ella se encontraba la última puerta de la hilera, precisamente aquella por la que acababa de desaparecer la silueta desconocida. Recordé que al principio, al entrar en el edificio, buscando a Thurber, había mirado hacia el interior de esta habitación; reconocí los arañazos del barniz. En esta habitación no había nada; ¿qué buscaba en ella el hombre que acababa de entrar?
Estaba seguro de que sólo había entrado para esconderse de mí. Permanecí largo tiempo indeciso frente a la escalera vacía, alumbrada por una luz blanca e inmóvil. Lentamente, me volví, centímetro a centímetro. Me dominaba una inquietud singular, que no era realmente inquietud; me sentía como si acabaran de inyectarme un tranquilizante: tenso, pero templado, di dos pasos, entorné los ojos, y entonces me pareció oír respirar a. alguien al otro lado de la puerta. No era posible.
«Voy a marcharme», me propuse, pero también esto era imposible: había dedicado demasiada atención a esta puerta para marcharme así como así. La abrí y miré hacia dentro.
Bajo la pequeña lámpara del techo, en el centro de la habitación vacía, estaba Olaf.
Llevaba su viejo traje con las mangas arremangadas, como si acabara de dejar las herramientas de trabajo.
Nos miramos. Cuando comprendió que yo no tenía intención de iniciar el diálogo, habló primero:
— ¿Cómo te va, Hal…?
Su voz no sonaba del todo segura. Yo no quería fingir nada; sencillamente, las circunstancias de este encuentro inesperado me habían dejado sin palabras. Tal vez influía algo el efecto de las palabras de Thurber. En cualquier caso, no le contesté. Fui hacia la ventana, desde la que se veía la misma perspectiva del parque oscuro y el resplandor de la ciudad, y entonces me volví y me recosté en el alféizar.