-Esa es una historia bastante extraña que puede ser verdad, pero quiero ser testigo ocular de ella. Esta misma noche, por lo tanto, va usted a repetir el conjuro en mi presencia; si existe realmente tal tesoro, lo partiremos amigablemente entre nosotros y no hablaremos más del asunto; pero, si me han engañado ustedes, no esperen misericordia. Mientras tanto permanecerán custodiados.
Accedieron gustosos a estas condiciones el moro y el aguador, satisfechos de que el resultado probaría la verdad de sus palabras.
A eso de la medianoche salió secretamente el alcalde acompañado del alguacil y del curioso barbero, todos perfectamente armados. Condujeron al moro y al aguador como prisionero, yendo provistos del vigoroso pollino del último, para transportar el codiciado tesoro. Llegados a la Torre sin haber sido descubiertos por nadie, ataron el borrico a una higuera y descendieron hasta el cuarto suelo de aquélla.
Sacaron el pergamino y encendieron el cabo de bujía, procediendo el moro a leer la fórmula del desencantamiento, y la tierra tembló como la primera vez, abriéndose el pavimento con un ruido atronador, dejando descubierta la estrecha gradería. El alcalde, el alguacil y el barbero se aterrorizaron y no se atrevieron a bajar por ella; pero el moro y el aguador entraron en la bóveda de más abajo, y allí se encontraron a los dos musulmanes sentados como antes, inmóviles y en silencio. Cogieron los dos jarrones grandes llenos de monedas de oro y de piedras preciosas, los cuales fueron subidos por el aguador uno a uno sobre sus hombros; y por cierto que, a pesar de ser fuerte y estar acostumbrado a las cargas pesadas, se bamboleaba el hombre; pero cuando estuvieron colocados los jarrones a cada lado del borrico, manifestó que aquélla era la sola carga que podía llevar el animal.
-Bastante tenemos por ahora -dijo el moro-; hemos sacado toda cuanta riqueza podemos acarrear sin que nos vean, y la suficiente para hacernos tan poderosos como pudiéramos desear.
-¿Pues queda todavía más tesoro? -preguntó el alcalde.
-Queda lo de más valía -dijo el moro-; un cofre monstruoso guarnecido con fajas de acero y lleno de perlas y piedras preciosas.
-Pues vamos a subir ese cofre en un instante -gritó el codicioso alcalde.
-Yo no bajo más -dijo el moro tenazmente-; esto es muy bastante para una persona razonable; más todavía me parece superfluo.
-Y yo -añadió el aguador- no sacaré más carga para partir por el espinazo a mi pobre burro.
Viendo que eran inútiles las órdenes, amenazas y súplicas, volviose el alcalde a dos acompañantes y les dijo:
-Ayudadme a subir el cofre y partiremos entre nosotros su contenido.
Y, diciendo esto, bajó la escalera, siguiéndole con gran repugnancia el alguacil y el barbero.
No bien vio el moro que habían bajado a todo lo hondo, apagó el cabo de bujía, y se cerró el pavimento con el pavoroso estruendo consiguiente, quedándose sepultados en su seno los tres soberbios personajes.
Diose prisa el moro a subir las escaleras, y no paró hasta encontrarse al aire libre, siguiéndole el aguador con la ligereza que le permitieron sus cortas piernas.
-¿Qué ha hecho usted? -gritó Peregil tan pronto como pudo tomar alientos-. El alcalde y los otros dos han quedado sepultados en la bóveda.
-¡Cúmplase la voluntad de Allah! -dijo el moro con religiosidad.
-¿Y no los vais a dejar que salgan? -dijo el gallego.
-¡No lo permita Allah! -replicó el moro pasándose la mano por la barba-. Está escrito en el libro del destino que permanecerán encantados hasta que algún futuro aventurero deshaga el hechizo. ¡Hágase la voluntad de Dios! Y esto diciendo, arrojó el cabo de bujía en los oscuros bosquecillos de la cañada.
Ya no había remedio; por lo cual el moro y el aguador se dirigieron a la ciudad con el burro ricamente cargado, no pudiendo por menos el honrado Peregil de abrazar y besar a su orejudo compañero de oficio, por tal modo librado de las garras de la ley; y en verdad que no se sabía lo que causaba más placer al sencillo aguador: si haber sacado el tesoro o haber recobrado su pollino.