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Observó todo esto Ruiz de Alarcón con una simple mirada, puesto que no le era dado detenerse, y, después de pronunciar algunas sencillas frases de agradecimiento, se dirigió rápidamente hacia la escalera de caracol, en busca de su halcón.

Apareció después de un breve instante con el pícaro del pájaro en la mano. La joven, entretanto, se había sentado junto a la fuente en el saloncito, y se hallaba devanando una madeja de seda; pero en su turbación dejó caer el ovillo sobre el pavimiento. Apresurose galantemente el paje a recogerlo, y, doblando una rodilla en tierra, se lo presentó; mas, al extender la joven la mano para recibirlo imprimió el mozo en ella un beso más ardiente y amoroso que todos los que había depositado en la hermosa mano de su soberana.

-¡Jesús María! -exclamó la muchacha ruborizada y llena de confusión y sorpresa, pues nunca había recibido saludo semejante.

El humilde paje le pidió mil perdones, asegurando que era costumbre cortesana rendir de tal modo el homenaje del más profundo respeto.

El enojo de la niña -si es que lo sintió- apaciguose fácilmente; mas su agitación y aturdimiento continuaron, pues volvió a sentarse, y seguía cada vez más ruborizada y cabizbaja, y, aunque fija en su tarea, enredábasele la madeja que trataba de devanar.

El astuto rapazuelo se apercibió de la confusión que había llevado al campo enemigo, y se propuso aprovecharse de ella; pero los discretos razonamientos que intentaba pronunciar se ahogaban en sus labios, sus rasgos de galantería le salían con embarazo, y, con gran sorpresa propia, el sagaz muchacho, que venía gozando de tan gran partido por su gracia y desenvoltura entre las damas más corridas y expertas de la corte, se mostraba en aquella sazón intimidado y balbuciente en presencia de una inocente chiquilla de quince primaveras.

En suma: la sencilla joven tenía guardianes más eficaces en su modestia e inocencia que en los cerrojos y rejas con que la guardaba su vigilante tía. Sin embargo, ¿qué corazón femenino podrá ser insensible a las primeras emociones del amor? La joven, aun con todo su candor y sencillez, comprendió instintivamente todo lo que la atribulada lengua del paje no pudo expresar, y su corazón rebosaba de alegría al ver por primera vez un amante rendido a sus pies... ¡y un amante como aquél!

La turbación del paje, si bien sincera, duró poco; mas cuando iba el hombre recobrando su habitual aplomo y serenidad, oyó una voz áspera como a alguna distancia.

-¡Mi tía que vuelve de misa! -gritó la doncella, asustada-. Señor, os ruego que os marchéis.

-No ha de ser hasta tanto que me hayáis concedido esa rosca de vuestra cabeza como grato recuerdo.

Desenredola apresuradamente de sus negras trenzas, y le dijo, turbada y ruborosa:

-Tomadla; pero idos, por Dios; os lo suplico.

El paje cogió la flor, cubriendo de besos al mismo tiempo la linda mano que se la otorgaba. Después, poniéndose el birrete y colocando el halcón en su puño, se deslizó por el jardín, llevándose consigo el corazón de la hermosa Jacinta.

Cuando la celosa tía penetró en la Torre notó la agitación de su sobrina y el desorden que había en el saloncito; mas con una sola palabra se lo explicó suficientemente todo «Un halcón ha venido persiguiendo su presa hasta el mismo salón».

-¡Dios nos ampare y nos asista! Conque, ¿hasta dentro mismo de la Torre han de penetrar los halcones?... ¿Habrase visto nunca ave más insolente? ¡Ay, Dios mío! ¡El pobre pájaro ni aun en la jaula misma está ya seguro!

La vigilante Fredegunda era una dueña muy anciana y experimentada; miraba con gran terror y desconfianza a lo que ella llamaba el sexo opuesto, recelo que se había ido aumentando más y más con su largo celibato. Y no obedecía esto a que la buena señora hubiera sufrido en cualquier ocasión algún desengaño, pues la Naturaleza la había dotado de una salvaguardia con su rostro que impedía traspasar los justos límites; mas las mujeres que tienen poco que temer por sí mismas se hallan a toda hora apercibidas en la custodia y guardia de sus seductoras vecinas.

La sobrina, huérfana de un oficial que pereció en el campo de batalla, se había educado en un convento y había sido sacada hacía poco tiempo de aquel sagrado asilo para encomendarla a la inmediata vigilancia de su tía, bajo cuya celosa tutela vegetaba oscurecida la pobre niña, como el capullo que florece oculto en un matorral. Y no empleamos esta comparación meramente al caso, pues es la verdad, la fresca y virginal hermosura de la muchacha había sido ya vista y admirada por las gentes, a pesar de vivir encerrada en su solitaria morada, y, siguiendo la poética costumbre del pueblo andaluz, la apellidaban sus vecinos «la Rosa de la Alhambra».

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