Читаем Cuentos de la Alhambra полностью

-¡Ay inexperta niña mía! -le decía la severa y casta Fredegunda cuando sorprendía a su sobrina en los momentos de su aflicción-. ¿No te advertí de los enredos y engaños de esos cortesanos? ¿Qué podías, pues, esperar de un joven arrogante, que pertenece a una de las familias más nobles y encumbradas, siendo huérfana y nacida en pobre y humilde cuna? Ten la seguridad de que, aunque ese joven se hubiera propuesto serte fiel, su padre, uno de los nobles más orgullosos de la corte, le prohibiría terminantemente su unión con una joven humilde y desheredada como tú. Toma, por lo tanto, una resolución enérgica, y desecha de tu imaginación esas locas esperanzas.

Las palabras de la virginal Fredegunda sólo servían para acrecentar la melancolía de su sobrina, por lo que la infeliz criatura tomó el partido de entregarse a solas a su dolor. Cierta noche de verano, y en horas bastante avanzadas, después que la tía se retiró a descansar, quedose la sobrina en el saloncillo de la Torre, sentada junto a la fuente de alabastro; allí donde el desleal amante se había arrodillado y besado su mano por vez primera; allí donde le había jurado tantas y tantas veces eterno amor y fidelidad. El corazón de la apenada doncella comprimíase con estos tristes recuerdos, y sus lágrimas corrían abundantemente, cayendo hilo a hilo en la taza de la fuente. Poco a poco comenzó a agitarse el agua cristalina y a bullir, formando burbujas, hasta que apareció ante sus ojos una hermosísima figura de mujer ricamente ataviada con traje a la morisca.

Jacinta se asustó de tal manera que huyó del salón y no se atrevió a volver a él. A la mañana siguiente contó cuanto había visto a su tía; pero la buena señora lo creyó todo pura invención quimérica de su perturbada imaginación, que tal vez, dormida, habría estado soñando junto a la supuesta maravillosa fuente.

-Habrás estado meditando en la historia de las tres princesas moras que habitaron en otros tiempos esta Torre -añadió-, y eso te habrá hecho soñar con ellas.

-¿Qué historia era ésa, tía? No sé nada de ella.

-Pues qué, ¿no has oído hablar de las tres bellas princesas Zayda, Zorayda y Zorahayda, que estuvieron encerradas en esta Torre misma por el rey moro su padre, y que se resolvieron a huir con tres caballeros cristianos, pero de las cuales sólo las dos mayores llevaron a cabo su proyecto, habiendo faltado valor a la menor para seguirlas, que es la que, según se cuenta, murió en esta misma Torre?

-Ahora recuerdo haber oído esa historia -dijo Jacinta-, y aun he llorado muchas veces por la desventura de la infortunada Zorahayda.

-Hacías muy bien en dolerte de su desventura -continuó la tía-, pues el amante de Zorahayda fue uno de tus antepasados. Por largo tiempo lloró a su adorada princesa morisca; pero el tiempo mitigó su dolor y se casó con una noble dama española, de la cual tú eres descendiente.

Jacinta quedó pensativa al oír estas palabras; pero se decía interiormente: «¡Ah, no! No ha sido una vana quimera de mi imaginación; estoy segura de ello. Ahora bien; si la visión es, en efecto, el alma de la hermosa Zorahayda, la cual, según me cuentan, anda vagando en esta torre, ¿qué puedo yo temer? Voy a velar esta misma noche junto a la fuente, y acaso repita su visita».

Cerca de la medianoche, cuando todo estaba en completo silencio, fue Jacinta a colocarse de nuevo junto a la fuente del saloncito. No bien la campana de la lejana Torre de la Vela anunció la hora de las doce cuando la fuente se agitó de nuevo y empezó a bullir el agua hasta que apareció la extraña visión. Era joven y hermosa; sus vestiduras estaban adornadas de riquísimas joyas, y llevaba en la mano un argentino laúd. Jacinta quedó trémula y a punto de perder el sentido; pero se tranquilizó al oír la dulce y doliente voz de la aparición y al ver la cariñosa expresión de su melancólico y pálido rostro.

-¡Hija de los mortales! -le dijo- ¿Qué te aqueja? ¿Por qué turba tu llanto el agua de mi fuente? ¿Por qué interrumpen tus suspiros y tus quejas el tranquilo silencio de la noche?

-Lloro la ingratitud de los hombres y me quejo de mi triste soledad y abandono.

-¡Consuélate, hija mía! Tus penas pueden concluir. Mira en mí una princesa mora que, como tú, fue también muy desdichada en amores. Un caballero cristiano, antecesor tuyo, cautivó mi corazón y hubiérame llevado a su país natal y al seno de tu Iglesia. Me había convertido de todo; pero me faltó vigor que igualara a mi fe y vacilé en el momento supremo; por lo cual el espíritu del mal se apoderó de mi y estoy encantada en esta Torre hasta que un alma cristiana quiera romper el mágico hechizo. ¿Quieres tú cometer esta empresa?

-¡Ay, sí; quiero! -contestó la joven conmovida.

-Pues acércate y nada temas; mete tu mano en la fuente, rocía del agua sobre mí y bautízame según la costumbre de tu religión; así concluirá el encantamiento y mi alma en pena alcanzará el descanso.

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