Читаем Cuentos de la Alhambra полностью

La cautelosa tía venía guardando con grandísimo recelo a su tentadora sobrina mientras la corte permanecía en Granada, lisonjeándose del buen éxito que obtenía con su exquisita vigilancia. Sin embargo, a la pobre señora dueña la turbaban de vez en cuando los acordes de las guitarras y las coplas amorosas que cantaban desde la espesa arboleda del pie de la Torre; entonces redoblaba sus exhortaciones a la sobrina para que no prestara oídos a aquellos pérfidos cantos, asegurándola que eran una de las muchas mañas de que se valía el sexo opuesto para atraer y seducir a las jóvenes incautas; mas, ¡ay!, ¿qué valen todos los severos razonamientos contra una serenata dada a la luz de la luna?

Por último, el rey Don Felipe V abrevió su permanencia en Granada y partió de repente con todo su séquito. La recelosa Fredegunda miraba con ojo atento a la real comitiva conforme iba saliendo por la Puerta de la Justicia y bajando la pendiente alameda que conduce a la ciudad. Cuando perdió de vista el último estandarte volviose gozosa a su Torre, pues ya habían concluido todos sus cuidados y desvelos; pero con gran sorpresa suya vio un hermoso potro árabe piafando en el portillo del jardín; y luego, con gran horror, apercibió al través de los rosales a un elegante joven tiernamente rendido a los pies de su sobrina. Al ruido de las pisadas se apresuró el mozo a dar el último «adiós» a su adorada; y, saltando ágilmente el enverjado de cañas y mirtos y montando a caballo, se perdió de vista con la rapidez del rayo.

La enamorada Jacinta, embargada por su profunda pena, no tuvo en cuenta la que causaba a su buena tía; y arrojándose en sus brazos, empezó a deshacerse en un mar de lágrimas.

-¡Ay de mí! -decía-. ¡Se ha marchado! ¡Se ha marchado! ¡Ya no le veré más!

-¡Que se ha marchado!... ¿Quién se ha marchado? ¿Qué joven es ése que he visto a tus pies?

-Un paje de la reina, querida tía, que ha venido a despedirse de mí.

-¡Un paje de la reina, hija mía! -gritó la vigilante Fredegunda con vol alterada-. Y ¿cuándo, cuándo tras conocido tú a ese paje de la reina?

-El día que el halcón entró en la Torre. Era el halcón de la reina, y venía en su persecución.

-¡Ay, niña inocente! Sábete que no hay halcones tan temibles como estos pajes libertinos; y, sobre todo, si hacen presa de pájaros tan inexpertos como tú.

Gran indignación se apoderó de la tía cuando supo que, a pesar de toda su ponderada vigilancia, se había entablado aquella tierna correspondencia entre los dos jóvenes amantes casi en sus mismas barbas; pero se tranquilizó al fin cuando vio que la cándida niña había salido pura y victoriosa de la prueba peligrosa -aun sin la protección de cerrojos y rejas- en que la habían puesto las maquinacíones del sexo opuesto; todo lo cual atribuía la buena dueña a las prudentes y cautelosas máximas que ella le había inculcado.

Mientras que la pobre anciana pensaba en todas estas cosas, la sobrina sólo y constantemente tenía fijos en su memoria los continuos juramentos de amor y fidelidad de su amante; pero ¿qué es el amor del hombre errante sino arroyuelo que juguetea por algún tiempo con las florecillas que encuentra a su paso, dejándolas inundadas de lágrimas?

Pasaron días, semanas y meses, y nada se volvió a saber del doncel de la reina. Maduró la granada, dio su fruto la viña, las lluvias torrenciales del otoño corrieron por las montañas, cubriéndose la Sierra Nevada con su túnica de nieve y gimieron los vientos de Septentrión por los desiertos salones de la Alhambra; y, sin embargo, el paje no volvía. Pasó el invierno y volvió de nuevo la primavera, con los cantos de los pájaros, con sus flores y con su perfumado céfiro; derritiose la nieve de las montañas hasta que no quedó más que una ligera capa en la cima de Sierra Nevada, y, con todo, nada se supo del inconstante paje.

Entretanto, la infeliz joven Jacinta se iba quedando pálida y melancólica; abandonó sus ocupaciones y entretenimientos; sus madejas de seda se quedaron sin devanar; su guitarra, muda; sus flores, descuidadas; ya no escuchaba los trinos de los pájaros; y sus ojos, antes alegres y brillantes, se iban marchitando de tanto llorar en secreto. Si se hubiera de buscar una mansión propia para alimentar la pasión de una triste doncella de tal modo abandonada, no sería posible encontrar en el mundo otra más adecuada que la Alhambra, donde todo parece evocar tiernos y románticos ensueños. La Alhambra es un verdadero paraíso de los enamorados; pero ¡cuán triste debe ser encontrarse sola y abandonada en ese paraíso!

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