Pobre Carlitos, su historia la terminó con dos buenas quemaduras en los brazos, y, recién cuando regresó al huerto, esa noche, cayó en la cuenta, al cabo del interminable interrogatorio al que lo acababa de someter una desmoralizadísima Natalia, que sí, que en efecto, alguien había fumado en sus brazos horas antes. Y que le ardía. Y que le ardía muchísimo, caray, esto es atroz, mi amor, con lo cual Natalia tuvo que llevarlo nuevamente a la clínica Angloamericana para gran satisfacción del médico, porque era el mismo joven doctor que había estado de guardia la noche del viernes, y porque el escándalo ya había llegado a oídos del todo Lima, y él era uno de los primeros en haber visto y atendido a los pecadores, y, eso sí que sí, yo soy el primero que los vio meterse mano de lo lindo, porque besarse apenas podían con ese labio del tal Carlitos, todito partido, y a ella la vi escandalosamente desnuda, sí, señores, porque lo que es la Nataliota esa, mucho de Larrea y mucho de Olavegoya y que este virrey y que el otro presidente, también, más todos los billetes del mundo, además, estoy de acuerdo, señores, pero hay que oírla cuando te suplica con esa voz tan suya, genial, sensual, así de medio la'o, y sexi hasta decir basta, un favorcito, doctor, para su Carlitos, hay que verla ondularse y hasta retorcerse de amor, señores, porque entre una cosa y otra como si se fuera quitando prenda tras prenda y hasta con música de ambiente, y uno ahí paradito, sudando y cediendo en todo, cómo no, doña Natalia, claro que sí doña Natalia, no faltaba más, y con muchísimo gusto, además es mi obligación, doña Natalia, porque el juramento de Hipócrates, doña Natalia, usted me desespera, me mata, me enloquece… Señores: yo les juro por lo más sagrado que se le pone a uno la verga al palo con sólo verla y escucharla, por lo que más quieran, yo se lo juro, señores.
Pero a otros que también habría valido la pena ver y escuchar, aquel lunes por la noche, es a los mellizos Céspedes Salinas, aunque en este caso son ellos los que se tuercen y se retuercen, y también los que sudan, y la gota gorda, además, qué asco, y los que se desnudan, o más bien se calatean, pero social y calculadoramente, ya lo sabemos, de qué otra manera podría ser, tratándose de ellos. Y por supuesto que no hay música de ambiente alguna, en este caso, sino una suerte de sonido y de furia, y todo debido a que un shakespereano Carlitos Alegre acaba de demostrarles, con hechos y con palabras, que la vida sí que es un cuento contado por un idiota. ¿O son ellos, Arturo y Raúl, los verdaderos idiotas?
Y ahora como que se había levantado el telón en el segundo piso de la casona más triste y desconcertada de la calle de la Amargura, calle del diablo, valgan verdades, y la vida era, además de todo lo contado por el muy cretino de Carlitos, una verdadera mierda. En fin, sobre todas estas cosas, aunque situadas en un contexto limeño bien determinado, conversan los hermanos Raúl y Arturo Céspedes Salinas, que, como bien sabemos, además de ser mellizos y exactos son almas gemelas, por más que uno se sienta muy a la altura de su apodo, que es El Duque, y crea poseer de nacimiento excelentes modales en la mesa y finísimas maneras en los salones, y por más que el otro, que no tiene ni apodo siquiera, sienta que el hombre cuanto más parecido al oso, mas hermoso, y presuma de ello ante el espejo y en todas las demás ocasiones en que la presencia de una señora o una chica bien se lo exigen. El Duque pretende ser el mellizo educado y el otro el mellizo de oro, pero hasta su propia madre dice que sus hijos son desconcertantemente parecidos y, además, almas gemelas. De tal manera que cuando habla uno, bien podría ser el otro, y viceversa qué importa cuál de los dos dijo tal cosa y cuál tal otra ya que siempre lo que afirma o niega Raúl es el eco de lo afirmado o negado por Arturo.