– Bueno, todavía tengo que poner la mesa y calentar la comida -les dice a sus hijos, y sale en dirección a la cocina.
Un corredor y una bombilla de cuarenta vatios que van desde el saloncito hasta el comedor y la cocina. El piso del corredor cruje desde que murió su esposo y la bombilla cuelga de un cable que fue tan blanco como el techo, entonces. La viuda Céspedes entra a la cocina. Enciende otra bombilla pero ya no piensa en vatios ni crujen las losetas del piso. En cambio sí oye la voz de sus hijos, pero sin prestarles mucha atención, como muy de lejos, y busca más bien en los muebles lo que necesita.
– Tú reinarás, madre querida. Tú serás la reina de la ciudad de Lima. Nosotros nos encargaremos de eso.
El eco de estas voces se oye muchas veces en la calle de la Amargura y en toda la ciudad de Lima, mientras el telón va cayendo, pero muy lentamente, y entre el público aplaude el eterno aguafiestas de Carlitos Alegre. Carlitos se dirige a una mujer bellísima. Y aplaudiendo aunque con la cabeza va diciendo que no y que la obra en sí le ha gustado pero que eso de convertir a la viuda Céspedes en tenista campeón de la Copa Davis le parece demasiado. Como que a una pobre viuda no se le puede llevar a la cumbre del martirologio y cosas por el estilo. Natalia de Larrea titubea, duda, pero luego ríe y se emociona no bien entiende lo que, en el fondo, le ha querido decir Carlitos, con tan sólo unos gestos negativos de la cabeza Y Natalia de Larrea besa a Carlitos, justo cuando el telón termina de caer, porque de vez en cuando sí que se fija en cosas elementales y la abuela Isabel se equivoca.
Muy vanguardistamente, sin embargo, el telón vuelve a levantarse y los mellizos lanzan piedras contra Carlitos, desde un saloncito con tres bombillas de sesenta vatios y una lámpara modelo Carlos Gardel. Sin enterarse de nada, la viuda Céspedes avanza calladita, la pobre, por el corredor de una sola bombilla.
– ¡El colmo! -exclama, desde la platea, Carlitos Alegre-. ¡Un corredor de una sola bombilla! ¡La cumbre! ¡Lo que se dice la cumbre!
Va recogiendo las mismas piedras que a él le han lanzado desde el escenario y se apresta a arrojarlas, pero no sabe si primero a Raúl y después a Arturo ni, elementalmente, tampoco sabe cuál es cuál, de tal manera que a él le caen más pedradas todavía. Furioso, Carlitos Alegre lanza todas sus piedras juntas.
¡Porque da lo mismo! ¡Porque cada uno es, además, el otro! ¡Y porque a la señora Céspedes ya sólo le falta un callejón de un solo caño, carajo! ¡Habráse visto cursilonería igual!
– ¿De dónde me has sacado semejantes amigos, amor?
– Digamos que ellos me sacaron a mí, Natalia de… No, no te digo ni te diré más, Natalia de mi corazón, porque, perdona, parece cosa de este par de sublimes.
El telon se viene abajo con estrépito y se diría que para siempre, por el estado en que ha quedado.