– Tenga. Mil dólares ahora y mil más cuando me los haya liquidado a los dos. A él, sobre todo, oiga usted. Métale todos los plomazos que pueda, en mi nombre. A ella, en cambio, un sólo balazo, y en el corazón. ¿Entendido?
– Sí, su excelencia.
– Como me la desfigure o algo así, lo mando colgar de los huevos, Lucas. ¿Me oyó usted bien?
– Sí, su excelencia.
– Pues entonces mucho cuidado con lo que hace. Porque yo quiero estar en ese entierro y contemplar por última vez ese rostro maravilloso. Y además quiero darle el único beso de toda mi puta vida. Ese beso que ella jamás permitió que yo le diera.
– Sí, su excelencia.
– Y ahora largúese, carajo.
Lucas sale disparado y el presidente llora amargamente.
– ¡Adiós, Natalia!
Meses antes. El saloncito de las tres bombillas de sesenta vatios y una lámpara modelo Carlos Gardel. Arturo y Raúl Céspedes se miran, miran el techo, vuelven a mirarse, vuelven a mirar el techo… Se los ve preocupados, indecisos.
– Yo creo que nos convendría alejarnos un poco de Carlitos. Es un buen amigo y hay que reconocer que nos ha ayudado en todo, desde que preparamos el ingreso con él…
– Sí, pero…
– Porque si don Fortunato Quiroga es elegido…
– Carajo, justito ahora que íbamos a salir con las hermanas de Carlitos…
– ¿Tú crees que es verdad? ¿Que don Fortunato está realmente loco por la tal Natalia?
– Carlitos dice que no cesa de merodear por el huerto y que llama cada cinco minutos, día y noche.
– Pero si lo que necesita es casarse, únicamente para que haya una primera dama, ¿por qué diablos no se busca otra mujer?
– Porque en Lima no ha nacido todavía la mujer que se pueda comparar con Natalia de Larrea y Olavegoya…
– En eso sí que tienes toda la razón. Y Carlitos en el mello. Carajo, me moriré y seguiré sin creerlo.
Apenas se divisa un letrero que dice «El huerto de mi amada». Lucas gatea entre las plantas. Luego se le deja de ver hasta que enciende una discreta linterna e introduce un pequeño alambre en una cerradura. Después apaga la linterna, y se pierde en el interior de la casona. Silencio total. Y de pronto, como cien plomazos. Y otra vez silencio y luego otros cien plomazos. Ladridos de perros, luces que se encienden, gritos de pavor.
Por las calles de Lima, los canillitas vocean los periódicos y agitan uno con el brazo extendido. «¡Todo sobre el crimen más complicado del mundo!» Sólo hay una explicación posible para el crimen más extravagante y complicado del mundo, como lo llaman algunos diarios sensacionalistas. El asesino fue a matar a dos personas y se encontró con que eran tres, una prevenida y dos no. Pero dos de las tres personas intentaron sin duda impedir tan desesperadamente que a don Carlitos Alegre di Lucca lo llenaran de plomazos, mientras éste, a su vez, hacía lo propio con las otras dos personas, que, cosas de la vida y de la muerte, la primera en caer acribillada de pies a cabeza fue doña Natalia de Larrea y Olavegoya, la segunda fue esa tercera persona prevenida que sabe Dios qué hacía ahí sin que nadie lo supiera, y que resultó gravemente herida, mientras que el joven Alegre salió ileso de milagro. Luigi y Marietta Valserra claman al cielo.
– Porca miseria!
– Santa Madonna mía!