Corte Suprema de Justicia. El inculpado Carlos Roberto Alegre di Lucca, peruano, nacido en Lima, veintidós años de edad, estudiante de medicina en la Escuela de San Fernando, sigue incurriendo en tantas contradicciones que ya se va por el tercer abogado defensor y su suerte parece decidida.
– Pues yo les sigo asegurando, señores magistrados, que el asesino usaba guantes, que yo sólo recuerdo haberlos usado el día de mi primera comunión, y que por eso la pistola está llena de huellas mías hasta el día de hoy. Porque al asesino se le cayó, yo la recogí, y para evitar que huyera estuve disparando a ciegas hasta que Luigi, el italiano, encendió una lámpara y el tal Lucas dijo Basta, loco de mierda, ya me quemaste, y expiró.
En el hospital Loayza, Consuelo Céspedes Salinas vuelve de pronto en sí, al cabo de casi un año sin conocimiento. Con la autorización del médico jefe, un juez acude a interrogarla. Y su versión coincide cien por ciento con la de Carlitos Alegre di Lucca, que es absuelto y pide la mano de Martirito, perdón, de Consuelito, en prueba de eterna gratitud, pues ella se coló en el huerto sólo para salvarles la vida a Natalia y a él. Los mellizos Raúl y Arturo Céspedes Salinas se abrazan felices.
– ¡Consuelo! -exclaman!-. ¡El Premio al Esfuerzo y el Premio a la Constancia! ¡La lotería, carajo! ¡La lotería!
Pero algo ha fallado lamentablemente en el saloncito triste de la calle de la Amargura, donde los mellizos Céspedes llevan siglos mirándose, mirando luego al techo, mirándose otra vez y luego otra vez más al techo. Algo ha fallado, sí. Y es que la puerta de la casa acaba de abrirse por tercera vez, esta noche. Y ha entrado el tío Gumersindo Salinas, apodado sabe Dios por qué
«Colofón». Sobre él se guarda un estricto silencio, aunque alguna vergüenza rodea su casi oculta presencia en esta casa y en esta vida. Colofón es la tercera persona que baja esa escalera todas las mañanas y por las noches la sube. Diariamente, detestablemente. Los mellizos oyen el crujir de los escalones, y, acto seguido, apagan las cuatro luces del saloncito. El tío Gumersindo tose en la oscuridad.
Colofón
– Yo sé que están ahí, sobrinos.
– …
– Buenas noches, sobrinos.
– …
– Sé que soy muy pobre y que estoy enfermo, sobrinos. Pero esta casa la paga mi hermana y ella me invitó a vivir aquí…
Un verdadero ataque de tos.
– …
– Tengan compasión de mí, por Dios santo…
El tío Gumersindo Salinas se aleja tosiendo, cruza toda la casa, y abre alguna portezuela allá al fondo. Una escalerita casi clandestina que sube al techo. Ahí tiene su cuartito el tío y también el plato tibio que todas las noches le sube su hermana, bueno, su media hermana…
– La vida es una historia pésimamente mal contada por un imbécil de mierda -afirma uno de los mellizos.