– Todo intenté menos interrumpirte, Carlitos -le dijo Natalia, aterrada ante la perspectiva de haberlo podido herir, y pensando al mismo tiempo, por una mera asociación de ideas, que mañana habría que buscar un momento para ir a la clínica Angloamericana y que le saquen esos puntos de la ceja y que el ojo cada vez lo abre mejor y ojalá no esté el medicastro ese que parece bailar al ritmo de mi voz y mi ansiedad-. En fin,
– Apenas te oí, la verdad, y mucho menos te hice caso, Natalia. Porque vamos caminando juntos y es tan delicioso tener además de mar de fondo el huerto y a sus italianos y a los dos de Chorrillos que… Pues eso: apenas te oí, mucho menos te hice caso, y sí que se
Felizmente que Carlitos le dijo
– Te damos las gracias, Dios mío -dijo Carlitos.
– Te damos las gracias, Dios mío -lo imitó piadosamente Natalia, aunque la verdad es que era la primera vez en su vida que le daba gracias al Señor por unos alimentos, así, en la mesa y antes de comer, y como que le salió muy forzado a la pobrecita.
– Pero habrá que probarlos primero -se permitió bromear Luigi, que era agnóstico-. Ya después le agradecen a Dios y, de paso, a mi Marietta y a mí, que hemos sido los verdaderos factótum… ¿O se dice factótumes?
– Ni idea, Luigi. Pero, una vez más, creo que aquí nadie me entiende ni me escucha ni nada -soltó Carlitos, ante la mirada de incomprensión de todos los ahí presentes. Y luego se rió ostensiblemente, como quien comenta con mucha ironía la situación en general.
– ¿Puedes explicarte mejor, por favor? -le rogó Natalia, nuevamente a punto ya de soltar inconteniblemente el llanto.
Y había en su rostro tanta ansiedad, que a Carlitos no le quedó más remedio que hacer un supremo esfuerzo y enterarse de algo en esta vida. Y sólo entonces se dio cuenta de que todos ahí estaban en el mismo oasis, clavado en pleno centro de la sociedad de Lima, nada menos, para su total solaz y esparcimiento, para su felicidad siempre al alcance de la mano, aun en los peores momentos, y que, humano muy humano, en vez de tomar todos el mismo rumbo, cada uno se había metido por un caminito distinto, como en un jardín cuyos senderos se bifurcan, y Natalia por aquí y Luigi y su Marietta por allá, y, por acullá, todavía, Julia y Cristóbal.
– Alto ahí todos -dijo Carlitos. Y ahora, de pronto, era él el de la voz ansiosa y la mirada suplicante-: Por favor, perdonen si no me he hecho entender bien desde un principio, pero qué duda cabe de que una vez más en mi vida se me han escapado las cosas más elementales. Siempre me lo dijo Isabel, mi abuela paterna. Pero bueno, al grano.
– Se enfría la comida -se atrevió a decir Marietta.
– La comida puede enfriarse por una vez, querida Marietta -le dijo Natalia-, pero, con tu perdón, lo que Carlitos tiene que decirnos no puede enfriarse por nada de este mundo.
– Digamos que sólo por nada de este oasis, mi amor…
Se quedaron todos nuevamente turulatos, ahí, pero, al cabo de un momento, cuando todos a una empezaron a entender que había una vez una ciudad llamada Lima y un año calendario 1957 y un gran amor y unos padres contrariados y unos amigos falsamente escandalizados y una sociedad de doble filo, mil raseros, e hipocresía generalizada, y al borde de ésta, unos mellizos Céspedes Salinas, que siempre están a punto de alcanzar la cumbre del estrellato, como Sísifo, mas luego se desbarrancan una vez más, y así, queridos amigos, pero que, gracias al Señor Misericordioso, que ama y entiende el amor del bueno, que es supremamente generoso con él, y que para probárnoslos crea, en medio de esta Lima de la que les hablaba, un oasis como este huerto, todo plantas y frutales y hortalizas y fuentes y acequias cantarínas, por dentro, e impenetrables rejas y muros, por fuera, entonces…