– Bueno, a mí todo lo que tú dices me suena más cálido, o sea que no creo que ahí esté la cosita esa que yo he sentido cuando has dicho que pasemos a tu alcoba. Alcoba ya de por sí suena bien íntimo, y, dicho por ti, súper íntimo e híper cálido, pero hay mucho más, creo yo. Sí, veamos. Pasemos a mi alcoba dicho por ti ya no sólo suena oscurito y delicioso, sino que suena muy sexi, también, aunque a mí no me gustaría alejarme del placer etimológico o histórico, o algo así, que me ha producido la palabrita. Nadie dice el dormitorio del rey sino la alcoba real, por ejemplo, y, claro, como tu familia presume de copetuda, tu abuelo, sin duda -y sin ánimo alguno de ofenderte, Natalia, por supuesto- se refería a su alcoba pensando en el fondo en su majestad El Abuelo. ¿Me sigues?
– Digamos que me encanta, te siga o no, aunque tal vez deba aclararte que, desde la muerte de mi mamá, mi copetuda familia se reduce prácticamente a mi humilde personita y a un par de hermanos con los que ni me hablo siquiera.
– Pero tu humilde personita, vista por los pobres mellizos, por ejemplo, se
– ¿Por qué mejor no pasamos de una vez a la alcoba, Carlitos? Deja a tus mellizos para las horas de estudio, por favor.
– Tienes toda la razón. Y, ahora, mira. Ya estoy pasando de nuevo a tu alcoba, aunque digamos que, esta vez, en la práctica. Y qué rico que es, caray.
– No te lo voy a negar.
– ¿Pero por qué tanto más rico que dormitorio,
– Sigo sin poder explicármelo.
– ¿No será que, por ser palabra de otros siglos, suena a amor eterno, y de ahí el gustito ese como histórico y étimológico?
– Acertaste, Carlitos. Por lo que a mí se refiere, ya acertaste. Y, por favor, no necesito más explicaciones. O sea que déjate ya de estar entra y sale, y pasemos de una vez por todas a mi alcoba, te lo ruego.
– Un ratito. Sólo un ratito más.
– Ya te saliste otra vez, mi amor, caray. ¿No te he dicho que me basta y me sobra con…?
– Un segundito más y acabo, Natalia. Porque, mira, se me acaba de ocurrir una cosa. Vamos a llevar el rosario, el reclinatorio y el misal a tu dormitorio, y vas a ver tú cómo nos va a parecer todavía más alcoba, la perfecta alcoba, real o lo que sea, pero histórica, etimológica y perfecta.
Fueron por las tres cosas, las pusieron cada una en su debido lugar, y ahora sí que aquel antiguo dormitorio de una estupenda casona campestre quedó del todo transformado en cálida, íntima, deliciosa y acogedora alcoba, digna además de un amor inmenso y poseedora de al menos tres elementos indispensables para la oración, la acción de gracias, y la memoria de Dios, sus familiares y hasta sus discípulos. En fin, era como si el amor divino y el humano se rozaran risueñamente, se dieran los buenos días y las buenas noches, y los amantes de carne y hueso extrajeran de aquel cotidiano aunque milagroso contacto licencia de eternidad y bula absoluta y todopoderosa para no pagar ni una sola de sus infracciones de tráfico por la ciudad y la sociedad de Lima, el mar y el cielo y el mundo entero. Y éste era, precisamente, el dominio del amor en el que, sin darse cuenta siquiera, mientras jugueteaban con un par de palabras, y con la imaginación y el deseo, habían ingresado Natalia y Carlitos. No se dieron cuenta tampoco del momento en que ella empezó a desnudarlo a él, él a ella, ni del momento en que alguno de los dos fue a traer unos preciosos lamparines de gas que había en un corredor, porque tal vez ella se lo había pedido a él, o tal vez él a ella, y seguramente que los dos encendieron aquellas mechitas al mismo tiempo y apagaron tanta luz de esa impresionante araña de gran dormitorio, mas no de alcoba. Y probablemente todo esto les estaba sucediendo porque cada uno reconocía el cuerpo del otro desde siempre y ese ardor eterno daba lo mismo que fuera el de ella o el de Carlitos, porque finalmente nunca se lo podrían haber creído y preferían dejar las cosas así de maravillosas y llenas de interminables sensaciones inexplicables, que, sin duda alguna, eso sí, eran instantes tan tuyos, tan míos, tan nuestros, Carlitos, Natalia, amor, sí, mi amor… Pero él insistía en que lo dejara ver, ¿ver lo que ya estaba viendo?, sí…