Claro que sí. Porque el rostro de Natalia era el de esa fotografía que ella le había enseñado, el de una reina de carnaval de diecisiete años, pero en su cuello y sus hombros y en el borde ya abultado y muy anhelante de un traje
– No, no me digas nada, Carlitos, y más bien sigue, sigue, sigue, por favor, que es tan, sí, sigue sigue…
– Me fascina volver a todo tu cuerpo y releer por todas partes palabras tan evidentes. Mira: dulzura… Mira: delicia… Mira: juventud… Mira: entrega… Mira esta continuidad perfecta de tu foto de los diecisiete años… De antes de tu dolor y tu pena… Mira esta prolongación eterna de una total ausencia de odio y rencor, esta calidez, esta sonriente acogida, esta maravillosa duración de adolescencia. Tú tienes, Natalia, mira aquí, y mira aquí, y mira aquí, y aquí también tienes, mira, exacta, carnosita, la fisonomía de la foto… Mira, se te ve hasta en los muslos de la foto, su total permanencia… Esta foto es purita fisonomía, mi amor, mira…
Por supuesto que, donde Carlitos decía
– Pero tú mira este beso, mi amor, mira, mira, mira y…
– Delicioso, mi amor, realmente delicioso, y jamás te voy a frenar ni mucho menos a dar la contra, pero sí te recuerdo que mis muslos no salen en ninguna foto de carnaval…
– Aguafiestas y tonta. Y además estás intentando discutir con un apasionado de la dermatología y un futuro gran especialista.
– Me quedo con el amante de hoy en esta alcoba…
– Entonces créeme que de donde primero se ausenta la juventud de una mujer hermosa es de su fisonomía. Y en ti permanece todo por todas partes, beso tras beso, aunque a mis diecisiete años, lo sé, no tienes por qué recordármelo, uno es totalmente incapaz de decir estas cosas correctamente. Pero beso, y mira, y beso, y mira… No sabré decirlo pero aquí en… en… en…
–
– ¿Podría decir
– ¿Te gustan?
– ¿Cómo decirlo, caramba? ¿Cómo hacerte entender que este par de tetas magistrales son purita fisonomía, dieciesiete años y carnaval? ¿Cómo lograr que me entiendas, por Dios santo y bendito?
– Mirándome siempre más…
– No sabré expresarlo, pero beso, y mira, y beso y… aquí vale la pena emplear unos besitos más prolongados…
– Me quedo con el amante de hoy en esta alcoba para siempre.
– ¿Me lo prometes?
– Carlitos, no creo que exista en el mundo una mujer tan tonta como para preferir un hombre que habla correctamente, a otro que, como tú, habla deliciosamente.
– ¿Me lo prometes, entonces?
– Te lo prometo esta noche en esta alcoba.
– ¿Me dejas memorizar esa promesa?
– Tómala, es tuya.
Natalia estaba desnuda en la foto y los dos tenían dieciesiete años y así de feliz era aquella noche de alcoba en que Carlitos se fue de inspección y, aunque sí hubo tiempo para quitarle los puntos y comprobar que con ese ojo tan restablecido podía continuar inspeccionando eternamente, con rendimiento pleno, además, donde los mellizos Céspedes no llegó ni llamó ni nada hasta dos días después. A los pobres los tuvo en ascuas sociales, pero qué se iban a atrever a llamar a la casa de la convulsionada familia Alegre di Lucca, en San Isidro, o a la de la familia de Larrea y Olavegoya, en Chorrillos, y, en cuanto al huerto de Natalia, lo más probable es que una gente que vive en la calle de la Amargura ignore que un huerto tiene teléfono, salvo que trabaje en la contabilidad del mismo o haya tenido en el campo un pariente tipo Colofón que contrajo el bacilo de Koch arando melodramáticamente, o sea, toda una vida, de día y de noche, y allá en Surco, por la carretera al sur y los pantanos de Villa con zancudos, paludismo y eso.