Natalia era una mujer extasiada, y hasta el muy picaro de Luigi, que también se autodefinía como volteriano, además de agnóstico, y afirmaba haberlo visto ya todo en esta vida, compartía la profunda emoción que se había apoderado de su Marietta, de Julia, tan enterada ahora de todo lo concerniente a hábitos y monjes, y del veterano mayordomo Cristóbal, que llevaba siglos al servicio de la familia de Larrea, que se jactaba de no tener acento serrano ni provenir del mundo andino, porque entonces uno ya no es mayordomo sino sirviente, y que había cargado a la niña Natalia, en más de una ocasión, cuando uno de esos temblorones que sacude Lima creaba el pánico en el balneario de Chorrillos y amenazaba con traerse abajo la casona de Larrea y Olavegoya, acabando con la vida de don Luciano y doña Piedad, padres de aquella criaturita linda que tan desdichada sería después, aunque mírenla ahora a mi señorita, quién iba a decir que algún día, con todo lo que le pasó cuando la casaron con ese pichiruchi acomplejado y tantos otros pretendientes frustrados vinieron a acusarla con sus dedos inflexibles, con sus índices hipócritas, con sus inmundas bocas, pero ella tuvo mucho valor, porque eso sí que fue valor, Lima entera contra mi señorita y ella sólita contra el mundo, contra su propio padre y hermanos, carajo, porque sólo la señora Piedad hizo honor a su nombre cuando aquel divorcio atroz de su hija, increíble, y mírenla ahora, quién iba a decir… Pero Cristóbal siempre se había guardado para sí mismo sus opiniones sobre tan ilustre familia y éste no era el momento de romper aquella regla de oro del buen mayordomo, por lo que se limitó a comentar que la justicia tarda pero llega y preguntó si se calentaba ya la comida de los señores. Luigi, que por último se autodefinía como anarcosindicalista viejo, estaba a punto de decirle que qué sabía él de comida y de justicia, y en ese orden, a ver, oiga usted, cuando Carlitos se puso de pie y, como era de esperarse, pidió que calentaran también un poquito de vino y de
Natalia lo idolatró, y, de golpe, Luigi como que no soportó más, como que se negó a ver más, y bruscamente se tapó los ojos con una mano y dijo
– Tú cierra los ojos, cruza los dedos, y pide un deseo, Julia -la interrumpió Luigi, con cierta impaciencia-. Cierra bien los ojos y deja ya de pensar cómo diablos se hace querer don Carlitos.
– Pero de que se hace querer nadie aquí duda, don Luigi -dijo Cristóbal-. Y además, la señora Natalia…
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Ahí todo el mundo se miraba, y, hasta el comedor precioso y como encantado, en ese preciso momento, llegaron unas palabras altisonantes de Luigi y algo de que Cristóbal,
Carlitos encontró muy divertido que, al cabo de un millón de años en el Perú, a Luigi se le continuaran mezclando el italiano y el castellano cada vez que se irritaba porque algún plato no le salía perfecto. Y Natalia dio gracias al cielo. Natalia le dio las gracias al cielo, y punto.
Un par de horas más tarde, el que le daba las gracias al cielo era Carlitos. Todo empezó cuando Natalia le dijo que se estaba haciendo tarde y mañana tenía que estudiar, recuerda que a ti te gusta llegar siempre muy puntual donde los mellizos, mi amor, ¿no te parece que podríamos pasar ya a mi alcoba?, y a Carlitos realmente le fascinó lo de pasar a una alcoba.
– Francamente, yo toda mi vida he pasado a un dormitorio, mi amor.
– La verdad, yo también. Pero me encantó la idea de usar la palabra alcoba. La usaba mi abuelo, recuerdo, y mira tú por dónde ahora se me vino a la mente y, no sé, como que me sonó más íntimo, más cálido, más…