Читаем El Huerto De Mi Amada полностью

Ahora sí, por fin, todos en el comedor del oasis entendían y reían y lloraban y aplaudían y, entonces, sí, Carlitos pudo continuar con menos tropiezos y explicarles, por ejemplo, que la mano de Dios, o tu divina mano, Natalia, que para este caso da lo mismo, se ha fijado hasta en los detalles menos conocidos de esta historia, como son que en mi casa dejé tirado en el suelo de mi dormitorio un rosario negro, negro y triste cual un misterio doloroso, ahora que lo pienso mejor. Y también que, en mi loca huida con la señora Natalia, contigo, mi amor, y bueno, también Natalia de mi corazón, por qué no, que se jodan los mellizos y empiecen a trepar otra vez…

Y todos en el comedor se mataban de risa y felicidad al alcance de la mano porque ahora sí captaban hasta el último detalle de la explicación de Carlitos, que continuaba contándoles que en su loca huida tampoco se le ocurrió ir por su misal negro, negro y horroroso y como que siempre de luto, patético, ahora que lo pienso bien, y, bueno, además, qué se me iba a ocurrir en un momento así, con cuatro borrachos frenéticos persiguiéndonos alevosamente, qué diablos se me podía ocurrir, si ni siquiera pude pensar en él, ir en busca de mi reclinatorio…

– Hay un anticuario en Lince -se atrevió a intervenir Luigi.

Y entonces fue cuando Carlitos corrió a besar a Natalia, a mares, y en seguida les contó a todos ahí que ella, la principal inquilina de nuestro oasis, antes de comprarme ropa de la más fina y acertar hasta con la talla de mis calzoncillos, amigos, me consiguió un alegrísimo misal de portadas de nácar y verdadero papel biblia con bordes de oro, y un rosario que es una reliquia digna del tesoro vaticano…

– Que no es tan digno, dicho sea de paso -se atrevió a comentar el muy agnóstico de Luigi.

– Eso lo podríamos discutir después, amigo mío.

Y mi adorada Natalia, divina, se fijó tan bien en todo, que hasta las cuentas son exactamente del mismo tamaño que las de mi triste rosario anterior, el tan negro y patético como mi misal, cosa que no deja de tener su importancia, porque andar frotando cuentas hasta en el fondo del bolsillo, toda una vida, crea mucho hábito, amigos míos. Y, aunque parezca mentira, tiene por consiguiente una gran importancia para cada beato que las cuentas de su rosario sean siempre del mismo tamaño. Y si no, pregúntenle a un ex alcohólico si además del alcohol no le falta también su vasito, tanto como al ex fumador su boquilla, por ejemplo. Pues bien, he aquí otro detalle que tampoco se le olvidó a mi amor. Nos conocíamos apenas, en aquel momento, pero ya me amaba tanto que hasta en mis hábitos se había fijado.

– Yo he oído decir que el hábito no hace al monje, don Carlitos -se atrevió a comentar Julia.

Y Carlitos le respondió que no, claro que no, Julia, y que precisamente estaba a punto de contarles, ya para ir terminando, cómo a él le habían cambiado un hábito por otro y sigo siendo el mismo monje, je, aunque muchísimo más feliz ahora, valgan verdades, je, je. La señora Natalia, en su infinita bondad, también pensó en un reclinatorio, del cual, les juro, yo no recuerdo haberle hablado jamás, sin duda por lo tremendamente incómodo que era el mío y por el cansancio que me producía usarlo. En fin, como que iba a dejar de arrodillarme para siempre, creo yo. Pero, buscando entre las cosas de sus antepasados, que conserva en un depósito secreto, la señora Natalia encontró la joya de reclinatorio que me ha traído y que ella asegura perteneció a ni sé cuál virrey que se mandó traer uno de Sevilla, tan pero tan cómodo que, les aseguro, ahora que ya lo he probado: puede pasarse uno el día entero de rodillas en él, y el que se cansa es otro. Pero bueno, resumiendo, ahora. Por todo ello y muchísimo más, amigos míos, yo empecé a adorar a la señora Natalia desde antes de conocerla. Y no hay nadie en el mundo entero -y mucho menos en esta ciudad del diablo, que tanto ha maltratado ya a la señora, a mi gran amor, nada menos- que logre quitarme de la cabeza que fue Dios quien puso a esta gran dama en mi oasis, y con toda su gente, utilizando para ello, además, los deliciosos compases de Siboney.

– ¡Carlitos, mi amor! -exclamó Natalia, aferrándose a él-. ¡Y yo que pensaba que te habías molestado conmigo! ¡Y tú queriéndome así! ¡Y yo interrumpiéndote, mientras que tú en nuestro oasis…! ¡Tengo tanto miedo de perderte! ¡De puro tonta te perderé, mi amor! ¡Y es que hasta amando eres inteligentísimo y realmente cuesta mucho trabajo seguirte!

– Y ahora, queridos amigos, compañeros de mi oasis, como entre las cosas maravillosas de su familia que me ha traído la señora, también está el libro de oro de la poesía universal, permítanme que le recite a ella estos dos versos de Petrarca, que, de entrada, atrajeron mi atención, y a los que sólo puedo agregarles un juramento, así, de rodillas y sin reclinatorio, ya que éste, y compruébelo usted bien, Julia, es un caso en el que el hábito literalmente no hace al monje:

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