Читаем El Traje Gris полностью

¡Bien por Adele! Evidentemente asustada ante la idea de tenerlo todo el santo día en casa -porque estaba claro que él acabaría husmeando aquí y allá, rebasando los confines del recinto en que ella quería tenerlo recluido-, se había encargado de buscarle un trabajo que lo mantuviera ocupado fuera de casa, como cuando iba al banco. El televisor, en caso de que no aceptara la propuesta de Ardizzone, era una clara invitación a quedarse todo el tiempo posible en su sitio, sin hacer incursiones en el campo contrario. Pensó decirle que no a Ardizzone para desbaratar la estrategia de Adele. Pero ¿le convenía hacerlo? El trabajo que le proponía no sólo era de su específica competencia, sino que le ahorraba el seguro y próximo horror de las jornadas vacías, un horror cuyos síntomas había advertido en las pocas horas que había pasado recorriendo la casa sin saber qué hacer. Además, había una cosa que jugaba a favor de una respuesta positiva: Adele y Mario no eran, y no habían sido, amantes. Casi con toda certeza Mario lo habría intentado, pero Adele, por lo que él sabía, no se relacionaba con hombres que frecuentaran su ambiente. Habría sido demasiado peligroso, habría bastado una alusión, una media palabra, para desencadenar el cotilleo. El pívot negro iba bien; la joven promesa de la arquitectura, mejor, porque para sus encuentros tenían una excusa perfecta; y el joven Daniele era el ideal. Y los otros, ponía la mano en el fuego, eran gente extraña, de otras parroquias. Decidió aceptar. Pero antes… Aquella noche, en la mesa también estaba Daniele. -No sabía que conocieras a Mario Ardizzone -empezó él, dirigiéndose a Adele. -Desde hace bastante tiempo. -Hoy ha venido a verme. -Ah, ¿sí? -Y no preguntó por qué. Estaba claro que no quería resbalar; ignoraba si Ardizzone le había revelado o no que detrás de esa maniobra tan bien urdida estaba ella. -Te envía saludos -añadió. Ella siguió sin decir nada. -Me ha propuesto un trabajo. Adele no podía reaccionar de ninguna manera. Si hubiera mostrado asombro, él habría podido preguntarle por qué se sorprendía, si era ella quien había puesto en marcha el mecanismo. Fue habilísima: se limitó a mirarlo con ojos inexpresivos. -¿Y tú qué le has contestado? -Que lo pensaré. Captó la rápida mirada que Adele intercambió con Daniele. O sea ¡que habían hablado de ello! Sin embargo, su mujer no se contuvo. -Pero ya te has hecho una idea, ¿verdad? -preguntó. Suspiraban por quitárselo de encima. -Todavía no. -A ver si se asaban un poco más en la parrilla-. ¿Sabes, Adele? Ya me estaba mentalizando. -¿De qué? -¿Cómo que de qué? Pues de ejercer de jubilado, ¿no? La perspectiva de quedarme todo el día aquí dentro, cosa que antes, cuando trabajaba en el banco, me aterrorizaba, esta mañana ya no me ha parecido tan trágica. Qué va, ni mucho menos. Además, podría encontrar un trabajo para hacer en casa. La mirada que esta vez intercambiaron aquellos dos fue de verdadera inquietud.


Hacia las dos de la madrugada apagó el televisor del estudio, pero en lugar de ir a acostarse, cogió la llave de la puerta de comunicación y se dirigió al fondo del pasillo. La llave no entró en la cerradura. Adele había dejado puesta la suya, girándola de tal manera que no pudiera caer al suelo. Entonces fue por las otras llaves, abrió la puerta de atrás, bajó la escalera, rodeó la casa, entró por la puerta principal y subió la escalera interior. Al llegar al descansillo, giró a la izquierda y se encontró en el pasillo del apartamento de Adele, iluminado por la consabida lamparita nocturna. La puerta de Daniele estaba abierta. La cama intacta demostraba que a aquellas alturas era habitual que el chico durmiese con Adele. En cambio, la puerta del dormitorio matrimonial estaba cerrada. Pegó la oreja. A diferencia de la otra vez, los oyó hablando en voz baja. Discutían; se comprendía por el tono, aunque las palabras sólo le llegaran a intervalos. Ella:…ya verás como lo convenzo… El:…porque si no acepta, yo… Ella:…no seas tonto. Él:…no. Yo me voy. Daniele se estaba levantando de la cama. Echó a correr, bajó la escalera precipitadamente, salió y volvió a entrar por la escalera de atrás. Llegó a su habitación sin aliento pero satisfecho: había conseguido estropearles la noche. La alegría se le pasó cuando fue al cuarto de baño. Sintió un ardor que lo obligó a doblarse por la mitad. Así no podía seguir. A la mañana siguiente, lo primero que tenía que hacer era llamar a Carmelo Caruana. 6


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