En la mesa sólo estaban él y Adele. Daniele se había quedado en el comedor universitario. Observó que ella tenía ojeras. La pelea de la víspera debía de haber durado mucho y quizá había terminado con unas paces de intensidad y duración equivalentes, si no superiores. -¿Qué te pasa? -le preguntó ella. Se quedó estupefacto, pues su mujer se le había adelantado; ésa era precisamente la pregunta que él estaba a punto de hacerle. -Nada. ¿Por qué? -Estás muy pálido. -Estoy bien. -Ni siquiera le pasó por la cabeza decirle que se había mareado. De primero había pasta con atún, que le encantaba. Pero se notaba la boca del estómago encogida, no tenía apetito. Ya hacía varios meses que debía hacer un esfuerzo para comer. Sin embargo, esta vez fue peor, porque el olor del atún le provocó cierto mareo. Seguro que era una consecuencia del vahído sufrido por la mañana. No obstante, para evitar las molestas preguntas de Adele consiguió comerse medio plato. -¿Has hablado con Ardizzone esta mañana? Ella también tenía prisa por saber. -Pues sí. -¿Qué has decidido? -Antes de decidir, quiero hablar con su padre. -¿Vas tú o viene él? -Voy yo a su casa, a las cuatro. Una pausa. -¿Vive lejos? -preguntó ella. Aquí te esperaba, guapa. -Bastante. Su chalet se encuentra tomando una travesía de la carretera de Catania, donde está el motel Regina. -Y la miró significativamente. A cambio, recibió una firme y clara mirada por parte de ella. «Si siempre lo has sabido, ¿por qué nunca lo has mencionado? ¿Por qué lo has aguantado? ¿Te ha faltado valor para reaccionar?», parecía preguntarle mientras lo miraba fijamente, pero sin desprecio ni desafío. Por eso quien primero bajó los ojos fue él.