Читаем La piel del tambor полностью

Todo tenía sus raíces, por supuesto. Huérfano de un pescador ahogado en un naufragio, protegido por un tosco cura de pueblo que facilitó su ingreso en el seminario, disciplinado y brillante hasta el punto de interesar a sus superiores en el progreso de su carrera, Quart contaba con esa lucidez meridional tan parecida a una enfermedad tranquila que a veces traen consigo el viento de levante y los rojos atardeceres mediterráneos. Una vez, siendo niño, permaneció horas azotado por el viento y la lluvia en el rompeolas de un puerto, mientras mar adentro los desvalidos pesqueros intentaban, poco a poco, ganar abrigo entre un temporal con olas de diez metros. Se los divisaba a lo lejos, minúsculos, enternecedoramente frágiles entre montañas de agua y rociones de espuma, avanzando a duras penas con el estertor de sus motores a poca máquina. Se había perdido uno; y cuando un pesquero se perdía no se iba un hombre, sino que desaparecían juntos hijos, maridos, hermanos y cuñados. Por eso las mujeres vestidas de negro con críos agarrados a las faldas y a las manos se agrupaban junto al faro viéndolos venir, y movían los labios al rezar en silencio pendientes del mar, intentando adivinar cuál faltaba. Y cuando los barquitos empezaron por fin a cruzar la bocana del puerto, los hombres que venían a bordo miraban hacia arriba, hacia el lugar sobre el espigón donde Lorenzo Quart seguía agarrado a la mano helada de su madre, y se quitaban las boinas y las gorras. Y siguieron golpeando las olas y el viento y la lluvia, y por fin ya no vino ningún barco más; y aquel día Quart descubrió un par de cosas. La primera, que es inútil rezarle al mar. La segunda fue una resolución: a él nadie lo aguardaría nunca en un rompeolas, bajo la lluvia.


La puerta de roble con gruesos clavos estaba abierta. Quart entró en la iglesia y un soplo de aire frío vino a su encuentro, igual que si acabara de apartar una lápida. Se quitó las gafas de sol antes de mojar los dedos índice y pulgar en la pila bendita, y al persignarse sintió la frescura del agua en la frente. Había media docena de bancos de madera alineados frente al retablo del altar, cuyos dorados relucían al fondo de la nave, y los demás se hallaban corridos hacia un rincón, unos sobre otros, para dejar espacio a varios andamios. Olía a cerrado y a cera, a humedad de siglos. Todo estaba en penumbra menos un ángulo iluminado por un foco, arriba, a la izquierda. Y al levantar los ojos hacia la luz, Quart vio a una mujer subida en lo alto de la estructura metálica, fotografiando los emplomados de las vidrieras.

– Buenos días -dijo.

Tenía el pelo gris, como él; pero en su caso no se trataba de canas prematuras. Cuarenta y tantos años largos, calculó viéndola inclinarse sobre la barandilla que coronaba el entramado de tubos de acero, cinco metros por encima de su cabeza. Después la mujer se agarró a la estructura y descendió con agilidad hasta el suelo de la nave. Llevaba el cabello recogido bajo la nuca en una pequeña trenza, vestía un polo de manga larga, téjanos manchados de yeso y zapatillas. Y de espaldas, viéndola bajar, habría pasado por una muchacha.

– Me llamo Quart -dijo él.

La mujer se limpió la mano derecha en la parte trasera de los téjanos y la extendió, en apretón vigoroso y breve.

– Yo soy Gris Marsala. Trabajo aquí.

Tenía acento extranjero, más norteamericano que inglés; las manos ásperas y los ojos claros y amistosos, rodeados de arrugas. También una sonrisa franca, abierta, que se mantuvo mientras observaba a Quart de arriba abajo, con curiosidad.

– Es usted un cura con buen aspecto -concluyó por fin, desenvuelta, deteniéndose en el alzacuello de la camisa negra-. Esperábamos otra cosa.

El miraba el andamio y las paredes de la iglesia, y se detuvo en mitad del gesto, sorprendido por el plural:

– ¿Esperaban?

– Sí. Todos están pendientes del enviado de Roma. Pero imaginábamos a un funcionario bajito con sotana, un maletín negro lleno de misales, crucifijos y cosas así.

– ¿Quiénes son todos?

– No sé. Todos -la mujer se puso a contar con los dedos manchados de yeso-. Don Príamo Ferro, el párroco. Y su vicario, el padre Oscar -la sonrisa se retrajo un poco, como si fuese a sustituirla otra más profunda, paralela y oculta-. También el arzobispo, y el alcalde, y un montón de gente más.

Quart apretó los labios. Ignoraba que su misión fuera del dominio público. Hasta donde él sabía, sólo la Nunciatura en Madrid y el arzobispo de Sevilla habían sido informados por el IOE. Descartado el nuncio, imaginó a monseñor Corvo sembrando cizaña. Que el infierno confundiera a Su Ilustrísima.

– No esperaba tanta expectación -dijo con frialdad.

La mujer encogió los hombros, ignorando el tono.

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