Triana y Sevilla entera estaban al corriente de que don Ibrahim el Cubano era un estafador y un sinvergüenza, pero también un perfecto caballero. Había recurrido al plural, por ejemplo, tras mirar breve y cortésmente al Potro del Mantelete y a la Niña Puñales, dando a entender que tenía el honor de representarlos en aquella mesa sobre la que, obligado a mantenerse a distancia por su barriga, apoyaba ambas manos desde lejos, como las amarras de un pesado navío.
– Hay una iglesia y un cura -arrancó Peregil.
– Mal empezamos -repuso don Ibrahim. Un enorme cigarro puro le humeaba en la mano izquierda, junto a un sello de oro, y se sacudía ceniza del pantalón. De su juventud golfa y antillana conservaba el gusto por los trajes blancos e inmaculados, los sombreros panamá y los puros Montecristo. Porque el ex falso abogado era un clásico. Parecía uno de aquellos indianos de las estampas costumbristas, que desembarcaban a principios de siglo en el puerto de Sevilla con un cartucho de monedas de oro, fiebres tercianas y un criado mulato. Pero don Ibrahim se había venido sólo con las fiebres.
Peregil lo miró confuso, preguntándose si el mal empezamos se refería a la ceniza del cigarro, o a que hubiese iglesias y curas de por medio.
– Un cura viejo -matizó para averiguarlo, quitándole importancia al asunto, y entonces se acordó del otro-… Bueno. En realidad son dos: un cura viejo y un cura joven.
– Ozú -terciaba la Niña Puñales con su deje gitano, cerrado, de las orillas del Guadalquivir-. Dos curas.
Las pulseras de plata le tintinearon sobre la piel fláccida de las muñecas cuando vació la copa de jerez de un único y largo trago. A su lado, el Potro del Mantelete movía la cabeza, distante, igual que si el árbitro acabase de sugerirle que no siguiera pegando al adversario en la misma ceja. Parecía absorto en la contemplación de la espesa huella de carmín en el borde de la copa de la Niña.
– Dos curas -repitió don Ibrahim como un eco. Reflexionaba con ojos preocupados mientras las volutas de humo se le enroscaban en el mostacho.
– En realidad son tres -puntualizó Peregil, honesto.
Se estremeció el indiano, volviendo a manchar los pantalones de ceniza.
– ¿No eran dos?
– Tres. El viejo, el joven y otro que viene de camino.
Peregil los vio intercambiar miradas circunspectas.
– Tres curas -sumaba don Ibrahim estudiándose la uña del meñique izquierdo, larga como una espátula.
– En efecto.
– Uno joven, otro viejo, y otro que está al caer.
– Eso es. Viene de Roma.
– Ya. De Roma.
Las pulseras de la Niña Puñales tintinearon de nuevo.
– Demasiados curas -apuntó, lúgubre. Tocaba madera bajo el mármol de la mesa, intentando conjurar aquello.
– Con la Iglesia hemos topado -concluyó don Ibrahim en tono quijotesco y declamatorio, cual fruto de larga reflexión, y Celestino Peregil reprimió el impulso de levantarse para decir adiós muy buenas. No puede salir bien, se dijo observando la ceniza en el pantalón del gordo ex falso abogado, el lunar postizo y el bucle de caracolillo en la frente marchita de la Niña, la nariz aplastada del antiguo peso gallo. No con esta gente. De pronto recordó el 7 y el 16 sobre el tapete verde, y las fotos de la revista; y le pareció que en aquel bar hacía un calor espantoso. O quizá no eran el calor ni el bar. Tal vez era el sudor que mojaba su camisa, la áspera sequedad del miedo en la boca. Dispones de seis kilos para solventar la papeleta de la iglesia, había dicho Pencho Gavira. Busca un profesional. Adminístralos a tu aire.
– Es un trabajo fácil -se oyó decirles, y comprendió, maldita fuera su estampa, que no tenía dónde elegir-. Algo limpio. Sin complicaciones. A kilo por barba.
Había administrado el dinero a su aire, en efecto: seis horas de casino para dilapidar tres de los seis millones. A quinientas mil por hora. También se había gastado lo obtenido a cambio del soplo sobre la mujer, o ex mujer, de su jefe. Y además estaba aquel prestamista, Rubén Molina, a punto de echarle los perros por casi el doble.
– ¿Por qué nosotros? -preguntó don Ibrahim.
Peregil lo miró a los ojos, y por una décima de segundo advirtió la ansiedad que también latía allá, al fondo, oculta tras las pupilas dilatadas y tristes de su interlocutor. Tragó saliva antes de pasarse el dedo entre la piel y el cuello de la camisa, y volvió a mirar el cigarro del gordo y proscrito abogado, la nariz rota del Potro, el lunar postizo de la Niña. Con lo que le quedaba en el bolsillo, aquello era a cuanto podía aspirar: tres matados en dique seco, mejores para un asilo que para la calle. Restos del naufragio. Desechos de tienta.
– Sois los mejores -respondió, ruborizándose.