– Incluso la actuación de ese pirata informático es un asunto menor -añadió al cabo-. En otro momento ni se les habría ocurrido encomendarnos lo que, en rigor, es competencia del arzobispo de Sevilla y de sus relaciones con los párrocos de su diócesis. Pero tal y como anda todo, cualquier astilla se convierte en cuña. Basta que el Santo Padre muestre interés, y tenemos otro escenario para nuestro ajuste de cuentas interno. Por eso he escogido a mi mejor hombre. Lo que primero necesito es la información. O sea: quedar bien, presentando un informe así de gordo -separaba cinco centímetros el pulgar y el índice-. Que vean que nos movemos. Eso dejará contento a Su Santidad, y de paso mantendrá a raya al polaco.
Un grupo de turistas japoneses se asomó a la puerta de los salones, admirando el interior. Algunos sonrieron con inclinaciones corteses a la vista de los alzacuellos. Monseñor Spada les devolvió la sonrisa, distraído.
– Lo aprecio a usted, padre Quart -dijo a continuación-. Por eso lo pongo en antecedentes de lo que nos jugamos, antes de que viaje a Sevilla… Ignoro si siempre es sincero en su pose de buen soldado; pero a mí me lo parece, y nunca dio motivos para pensar lo contrario. Desde que era un simple alumno en la Gregoriana le eché el ojo, y después llegué a tomarle afecto. Eso tal vez le cueste caro, pues si un día caigo es probable que caiga conmigo. Incluso antes; ya sabe: sacrificio de peones.
Asintió Quart, impasible:
– ¿Y si ganamos?
– Nosotros no ganaremos nunca del todo. Como diría su paisano San Ignacio, hemos elegido lo que a Dios le sobra y otros no quieren: la tormenta y el combate. Nuestras victorias sólo son aplazamientos hasta el siguiente ataque. Porque Iwaszkiewicz seguirá siendo cardenal mientras viva, príncipe por protocolo, obispo con consagración irrevocable, ciudadano del Estado más pequeño y, gracias a hombres como usted y yo, menos vulnerable del mundo. Y quizá, por nuestros pecados, un día llegará a papa. En cuanto a nosotros, nunca seremos
El arzobispo consultó el reloj e hizo un gesto para llamar la atención del camarero. Mientras le ponía a Quart una mano sobre el brazo para impedirle pagar la cuenta, extrajo unos billetes del bolsillo y los puso sobre la mesa. Dieciocho mil liras exactas, comprobó Quart. La vida del Mastín había sido demasiado dura: nunca dejaba propinas.
– Nuestro deber es pelear, padre Quart -dijo mientras se ponían en pie-. Porque tenemos razón, e Iwaszkiewicz no la tiene. Se puede ser enérgico y mantener la autoridad sin por eso resucitar, como pretenden ese polaco y su camarilla, los hierros y el potro de tortura. Recuerdo cuando nombraron papa a Luciani, y duró treinta y tres días. Usted era veinte años más joven, pero yo andaba ya metido en este tipo de trabajo -el arzobispo inició una mueca torcida mirando a Quart-. Cuando, recién elegido, le oímos aquello de «Hay más de mamá que de papá en Dios Todopoderoso», Iwaszkiewicz y sus colegas del ala dura se subían por las paredes. Y yo me dije: este equipo no va a funcionar. Luciani era demasiado blando para los tiempos que corren, así que, supongo, el Espíritu Santo hizo un buen trabajo librándonos de él antes de que hiciese demasiado daño. Los periodistas lo llamaban
El sol había salido y secaba el empedrado de la plaza de España. Los vendedores descorrían los toldos de sus puestos de flores y algunos turistas empezaban a sentarse en los peldaños, todavía húmedos, que ascendían hasta Trinitá dei Monti. Quart escoltó al arzobispo escaleras arriba, deslumbrado por el reverbero de la luz en la plaza; una luz romana, intensa, optimista como un buen augurio. A medio camino, una joven extranjera con mochila, téjanos y camiseta a rayas azules, sentada en un escalón, le hizo una foto cuando los dos sacerdotes llegaron a su altura: un flash y una sonrisa. Monseñor Spada se volvió a medias, entre irritado e irónico:
– ¿Sabe una cosa, padre Quart? Es demasiado guapo para ser un cura. Habría que estar loco para nombrarlo párroco de un convento de monjas.
– Lo siento. Monseñor.
– No lo sienta, porque no es culpa suya. Pero reconozco que me fastidia un poco. ¿Cómo se las arregla?… Me refiero a mantener a raya la tentación, ya sabe. La mujer como invención del Maligno y todo eso.
Quart se echó a reír: