Celestino Peregil, escolta y asistente del banquero Pencho Gavira, hojeaba malhumorado la revista Q+S camino del bar Casa Cuesta, en el corazón del barrio de Triana, en Sevilla. El humor de Peregil no estaba en su mejor momento, por un triple motivo: una úlcera recalcitrante, la delicada misión que lo llevaba al otro lado del Guadalquivir, y la portada de la revista que tenía en las manos. Peregil era un tipo rechoncho, menudo, nervioso, que disimulaba una calvicie prematura peinándose, bien aplastado, el pelo hacia arriba desde una raya situada a la altura de la oreja izquierda. Por lo demás, tenía afición a los calcetines blancos, las corbatas chillonas de seda estampada, las chaquetas cruzadas con botones dorados, y las putas de barra americana. También, y sobre todo, a la mágica trama de números sobre el tapete verde de cualquier casino donde todavía le permitieran la entrada. Eso explicaba que su úlcera lo molestase aquel día más de lo normal, así como la cita a la que iba de mala gana. En cuanto al Q+S, su portada no contribuía a mejorarle el humor. Por muy desalmado que uno sea -Celestino Peregil lo era, y mucho-, a nadie tranquiliza ver una foto de la mujer de su jefe con otro. Sobre todo cuando es uno mismo quien ha vendido a los periodistas la información necesaria para hacer la foto.
– La muy zorra -dijo en voz alta, y un par de transeúntes se volvieron a mirarlo con extrañeza. Después recordó el objeto de su cita, y extrayendo el pañuelo de seda malva que le asomaba del bolsillo superior de la chaqueta, se enjugó la frente. El 7 y el 16 bailaban ante sus ojos como una pesadilla sobre paño verde. Si salgo de ésta, se dijo, juro que nunca más. Lo juro por la Virgen Santa.
Tiró la revista a una papelera. Después, tras doblar la esquina bajo un rótulo de cerveza Cruzcampo, se detuvo de mala gana ante la puerta del bar. Odiaba los sitios como aquél, con mesas de mármol, azulejos y viejas botellas de Centenario Terry cubiertas de polvo en los estantes; aquella España de peineta y guitarra, poco ventilada, garbancera, cutre, de la que se había zafado no sin esfuerzo. Después del par de golpes de suerte que orientaron su vida de oscuro detective especializado en adulterios baratos y fraudes a la Seguridad Social hacia Pencho Gavira y los aledaños de la gran banca, lo suyo eran los bares de moda con música ambiental, el whisky con mucho hielo, entrar y salir en despachos con moqueta de un palmo y el
Le bastó un vistazo para retornar a las viejas pesadillas: don Ibrahim, el Potro del Mantelete y la Niña Puñales aguardaban, puntuales como clavos. Los vio nada más franquear el umbral, a la derecha del mostrador de madera oscura con flores doradas, bajo un cartel que llevaba allí desde principios de siglo -
– Cómo os va -dijo, y tomó asiento.
Ni era una pregunta ni maldito lo que le importaba cómo les iba. Leyó la triple certeza en los tres pares de ojos que lo miraron arreglarse los puños de la camisa -un gesto elegante, aprendido de su jefe- antes de colocar los codos, con cuidado, sobre el mármol de la mesa.
– Tengo un encargo -anunció sin rodeos.
Vio que el Potro del Mantelete y la Niña Puñales miraban a don Ibrahim y éste asentía despacio, solemne, retorciéndose las guías del mostacho entre rojizo y gris, espeso, erizado, a la inglesa. Don Ibrahim era grande, muy gordo, de aspecto bonachón y apacible apenas desmentido por el fiero bigote, y lo hacía todo de manera solemne, incluso después que el colegio de abogados de Sevilla descubriese, tiempo atrás, su falta de título válido para el ejercicio de la profesión. La toga espuria había impreso, sin embargo, un aire de digna gravedad a su manera de llevar el sombrero de paja clara y ala ancha, el bastón con puño de plata, o la amplia curva descrita entre bolsillo y bolsillo del chaleco por la cadena del reloj, ganado -aseguraba- a don Ernesto Hemingway durante una partida de poker en el burdel Chiquita Cruz de La Habana precastrista.
– Somos todo oídos -dijo.