—Tal vez me quede a estudiar aquí, con vosotros —siguió Usha mientras echaba un vistazo a su alrededor para ver si el sitio le gustaba—. Todavía no lo he decidido. —Volvió los ojos hacia el mago—. Pero creo que me gustaría este lugar.
—Espero que sí —dijo él—. Es muy cómodo y acogedor.
—Oscuro, húmedo y con un olor raro —observó Tas—. He estado en prisiones que eran mejores, pero supongo que debe de tener sus compensaciones.
El Túnica Roja parpadeó y cayó de repente en la cuenta de que había un kender en la Torre de la Alta Hechicería. Lanzó una mirada fulminante a Tas, ceñudo.
—¿Qué haces tú aquí? Mi maestro jamás permitiría que un...
Usha cogió al hombre por el brazo y se aproximó a él.
—Estábamos profundamente dormidos en los excelentes aposentos que nos proporcionó lord Dalamar cuando oímos repicar una campana. Creímos que podía ser...
—¡Un incendio! —se apresuró Tas a concluir la frase—. ¿Hay un incendio? ¿Vamos a quemarnos todos como tizones? ¿Es por eso por lo que tocaba la campana?
—¿Repicar una campana? —El Túnica Roja tenía una expresión como si estuviera escuchando campanillas desde que había puesto los ojos sobre Usha. Pareció salir dé un trance—. ¡Campanas! ¡La campana de plata! ¡He de irme! —Se soltó con brusquedad.
—¡Hay un fuego! —Tas volvió a agarrarlo.
—No, no lo hay —replicó el joven aprendiz, enfadado—. Suéltame. ¡Y devuélveme eso! —Le quitó de un tirón el rollo de pergamino que tenía el kender en las manos, un pergamino al que le faltaban pocos centímetros para desaparecer en uno de los saquillos de Tas.
—Qué suerte tienes de que lo encontrara —dijo el kender con seriedad—. Podrías haberlo perdido. ¡Eh, la campana suena otra vez! El fuego debe de estar extendiéndose.
—No es ningún fuego. La campana de plata significa que alguien ha entrado en el Robledal de Shoikan. Tengo que irme —repitió el Túnica Roja, pero era incapaz de apartar los ojos de Usha—. No te muevas, aquí estarás a salvo.
Sacó del bolsillo la cucharilla de plata y, antes de que Usha o el Túnica Roja pudieran impedírselo, salió a todo correr hacia la entrada de la torre.
25
Túnica Blanca. Armadura negra
Las espantosas voces del Robledal de Shoikan guardaban silencio. Las manos de los espectros, que intentaban arrastrar a sus víctimas bajo tierra para que se unieran a ellos en su eterna y hambrienta oscuridad, se agitaban incansables debajo de las hojas putrefactas, pero no atacaban. Los árboles mantenían su severa vigilancia, pero parecían dispuestos a dejar pasar al caballero y al mago.
Codo con codo, los dos jóvenes entraron juntos en la horrenda arboleda. Las voces de los muertos los instaban a seguir adelante, los incitaban, engatusadoras, a continuar.
El camino no era fácil. No existía ninguna senda en el Robledal de Shoikan, al menos, no para Steel y Palin. Tenían que abrirse paso a medida que avanzaban, luchando contra la maleza enmarañada y espinosa; los olores nocivos a muerte y putrefacción casi los asfixiaban. En el mundo fuera del Robledal de Shoikan, el suelo estaba seco y abrasado por el sol, cubierto de polvo. Dentro de la arboleda, la tierra estaba empapada de humedad; el cieno rezumaba bajo sus pies, y un agua salobre cubría las huellas que dejaban a su paso. El aire era frío y neblinoso, y una humedad —como el sudor de un enfermo febril— les cubría la piel y les escurría por el cuello.
Cada paso era una experiencia aterradora. Los muertos del robledal no decían nada en voz alta. Susurraban palabras apenas inteligibles, pero rebosantes de odio y de una horrible ansia.
Steel se puso al frente, sosteniendo la espada desenvainada con las dos manos y levantada para atacar. Estaba vigilante, alerta, haciendo cada movimiento con extremada precaución. Palin lo seguía, caminando a la luz del Bastón de Mago que utilizaba para alumbrarles el camino. Quizá fuera fruto de la imaginación sobreexcitada, pero le daba la impresión de que unas manos esqueléticas retrocedían cuando la luz del cayado iluminaba los huesos.
El trayecto parecía interminable. El miedo convertía los segundos en horas, las horas en años. La susurrante oscuridad, el asfixiante hedor, el frío que se metía en los huesos y dejaba los dedos entumecidos empezaron a hacer efecto tanto en el guerrero como en el mago.