Читаем Los Caballeros de Takhisis полностью

—Seguramente sería otro espectro —dijo Tas. Se dio media vuelta, presentando la cucharilla con gesto osado—. ¿Está aún ahí? Haré que se marche.

—No, ya no está. Desapareció después de que lo hiciera el espectro, cuando sonó esa campanilla.

—Oh, vale. —Tas estaba desilusionado—. Quizás en otra ocasión. De todas formas, la puerta está abierta. Podemos marcharnos.

—¡Cuanto antes, mejor! —Usha se encaminó hacia la salida, vaciló y se asomó a la escalera—. ¿Crees que el espectro se ha marchado de verdad?

—Desde luego que sí. —El kender frotó la cucharilla contra la pechera de su camisa. Hecho esto, se la guardó en el bolsillo que tenía más a mano, por si necesitaba utilizarla otra vez, y salió del cuarto.

Usha lo siguió de cerca.

Salieron a un amplio rellano. La escalera ascendía y descendía en espiral. El interior de la torre estaba oscuro, pero al llegar ellos aparecieron en las paredes unas parpadeantes llamas cuya fuente de combustión era invisible. A la tenue luz que arrojaban estas espeluznantes llamas, Tas y Usha vieron que la escalera no tenía barandilla ni otro tipo de cerramiento. El centro de la torre era un hueco. Un paso mal dado en los estrechos escalones podía ser el último.

—Hay una buena caída hasta abajo —comentó el kender mientras se asomaba temerariamente por el borde de la escalera a las sombras del hueco central.

—¡No hagas eso! —Usha lo agarró por la correa de una de sus bolsas y tiró de él hacia atrás, contra la pared—. ¿Hacia dónde vamos?

—¿Hacia abajo? —sugirió Tas—. La salida está en esa dirección.

—De acuerdo —musitó la joven. El camino no parecía muy prometedor ni en una ni en otra dirección. Echó una última mirada atrás, al cuarto que abandonaban, medio temiendo, medio esperando, ver de nuevo la extraña figura vestida de negro.

La habitación estaba vacía.

Pegados a la pared, agarrados de la mano —por si acaso alguno de los dos resbalaba, comentó amablemente Tas— empezaron a bajar la escalera lenta y cuidadosamente. Nada ni nadie los molestó hasta que llegaron al nivel inferior.

Allí, en la planta baja, los aprendices de mago, que estudiaban bajo la tutela de Dalamar, tenían sus aposentos. Tas empezaba a soltar un suspiro de alivio por haber llegado al final de tan largo descenso, cuando oyó el susurro de túnicas, las suaves pisadas de pies calzados con zapatillas, y el sonido de voces altas. Una luz alumbró la oscura escalera.

—Vaya, me pregunto qué está pasando —dijo el kender—. Quizá sea una fiesta. —Reanudó el descenso con entusiasmo.

—¡Es Dalamar! ¡Ha vuelto! —susurró la muchacha, atemorizada.

—No, ésa no es su voz. Será la de alguno de sus discípulos. —Escuchó un momento las voces—. Parecen muy alterados. Voy a ver qué pasa.

—¡Pero si los discípulos nos sorprenden nos harán volver a la habitación!

—Bueno, pues entonces pasaremos otro rato divertido intentando salir —repuso Tas alegremente—. Vamos, Usha, ya se nos ocurrirá algo. No podemos quedarnos en esta aburrida escalera toda la noche.

—Supongo que tienes razón. Esas voces suenan a personas de verdad, vivas. ¡Puedo enfrentarme a gente de verdad! Además, si nos quedamos aquí, alguien acabará por encontrarnos, y parecerá menos sospechoso si salimos a descubierto, sin andar escondiéndonos.

—¿Sabes una cosa? —Tas la miraba con admiración—. Si no tuvieras ascendencia irda, diría que tienes antepasados kenders. Tómalo como un cumplido —añadió apresuradamente. A veces, cuando decía esto, la gente intentaba darle un puñetazo.

Pero Usha parecía halagada. Sonrió, cuadró los hombros, levantó la cabeza y empezó a bajar la escalera hacia la luz.

Tas tuvo que darse prisa para alcanzarla. Los dos estuvieron a punto de chocar con un Túnica Roja que apareció corriendo por la esquina. El mago se frenó en seco y los miró atónito.

—¿Qué sucede? —preguntó Usha con calma—. ¿Podemos ayudar?

—¿Quién infiernos sois y qué hacéis aquí? —demandó el Túnica Roja.

—Me llamo Usha... —La joven hizo una pausa.

—Majere —completó Tas.

—¡Majere! —repitió el joven mago, sobrecogido. Casi dejó caer el libro de hechizos que llevaba en las manos.

—¡Ya has metido la pata! —Usha miraba al kender con simulada furia—. ¡Se suponía que no tenías que decirlo!

—Lo siento. —Tas se llevó la mano a la boca.

—En fin, ahora ya lo sabes. —La joven suspiró de manera teatral—. Resulta tan difícil esto de la popularidad... La gente no me deja en paz. No se lo dirás a nadie, ¿verdad? A Dalamar no le haría gracia.

—Soy Tasslehoff Burrfoot, Héroe de la Lanza —se presentó el kender, pero el Túnica Roja no se mostró impresionado, y parecía haber olvidado la existencia de Tas. Miraba a Usha con una expresión de veneración, con el corazón y el alma en los ojos.

—Lo prometo, señorita Majere —dijo suavemente—. No se lo diré ni a un alma.

—Gracias. —Usha sonrió; una sonrisa que parecía decir «Estamos solos los dos, tú y yo, contra el mundo».

El Túnica Roja no cabía en sí de placer. A Tas le sorprendió que el aprendiz no empezara a derretirse a sus pies.

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