Читаем Cuentos de la Alhambra полностью

Volviendo a nuestra historia, Peregil, el gallego había empezado su oficio con una sola garrafa grande, que llevaba a la espalda; poco a poco fue prosperando, y pudo comprar una ayuda, consistente en un animal, el más útil para su profesión; un pollino fuerte y de pelo largo. A cada costado de su orejudo cirineo, y en las correspondientes aguaderas, llevaba colocados sus cántaros, cubiertos con hojas de higuera para protegerlos del sol. No había en toda Granada otro aguador más trabajador ni más alegre que Peregil; en las calles resonaba su hermosa voz vibrante, cuando iba detrás de su pollino, pregonando con el usual grito de verano que se oye en todos los pueblos de España: «¿Quién quiere agua? ¡Agua más fría que la nieve!» Cuando servía a un parroquiano el limpio vaso, le dirigía siempre alguna frasecilla que le hiciese sonreír; y si tal vez atendía a alguna hermosa dama o remilgada señorita, le endilgaba una picaresca mirada o algún gracioso requiebro, con lo que el hombre se hacía irresistible. De tal manera, Peregil, el gallego, era tenido en toda Granada por el más cortés, jovial y feliz de los mortales. Pero, ¡ay!, en este mundo el que canta y bromea más suele ser a veces el que devora más pesares; así, bajo toda su aparente alegría, el honrado Peregil sufría mil penas y quebrantos. Tenía el infeliz una extensa familia, una numerosa prole harapienta, a la que era preciso dar el sustento, y la cual se le agolpaba hambrienta cuando volvía de noche a su tugurio, exhalando gritos, cual nido de pollos de golondrinas, pidiéndole a voces de comer. Su esposa y compañera le servía de todo, menos de alivio; guapa lugareña, antes de casarse se había hecho notable por su habilidad en bailar el bolero y en tocar las castañuelas, aficiones primitivas que todavía conservaba, pues o bien gastaba en fruslerías el jornal que con tanto trabajo y afán ganaba el pobre Peregil, o bien se apoderaba del pollino para irse de jolgorio al campo los domingos, los días de los santos y los innumerables días feriados, que en España son casi más numerosos que los días de trabajo. Mujer desidiosa y abandonada, gustaba de estarse tendida a la larga; pero, sobre todo, era una bachillera incansable, que abandonaba su casa, sus hijos y sus quehaceres domésticos por irse, en chanclas, de visiteos a las casas de sus habladoras vecinas.

Pero Aquel que regula el viento para la esquilada oveja acomoda también el yugo del matrimonio a la sumisa cerviz. Peregil sobrellevaba pacientemente los despilfarros de su esposa y de sus hijos con tanta humildad como su pollino llevaba los cántaros del agua; y, aunque algunas veces se quedaba pensativo y caviloso, nunca se atrevió a poner en duda las virtudes caseras de su descuidada esposa.

Amaba a sus hijos del mismo modo que el búho ama a sus polluelos, viendo en ellos multiplicada y perpetuada su propia imagen, pues eran fornidos, de pequeña estatura y cortos y zambos de piernas, como él. El mayor placer del honrado Peregil, cuando podía darse el gusto de celebrar un día de fiesta, por tener ahorrados unos cuantos maravedises, cifrábase en coger a toda su prole, y unos en brazos, otros agarrados a su chaqueta y andando por su pie, llevarlos a disfrutar en saltar y brincar por las huertas de la Vega, mientras que su mujer se quedaba de baile con sus amigotas en las Angosturas del Darro.

Era una hora bastante avanzada de cierta noche de verano, y ya casi todos los aguadores descansaban de su tarea. El día había sido extraordinariamente caluroso, y se presentaba una de esas deliciosas noches que tientan a los habitantes de los climas meridionales a desquitarse del calor enervante del día, quedándose al aire libre para gozar de la frescura de la atmósfera hasta cerca de la medianoche. Aún había por las calles consumidores de agua, por lo que Peregil, como considerado y amantísimo padre de sus hijos, se dijo pensando en sus retoños: «Daré un viaje más a los Aljibes para ganarles el puchero del domingo a los chiquillos». Y así diciendo, emprendió con paso firme la pendiente alameda de la Alhambra, cantando por el camino y descargando de vez en cuando un varazo mayúsculo en los lomos de su borrico, como por vía de compás a su canturía o de refresco para el animal, pues en España les sirve de forraje el garrotazo limpio a las bestias de carga.

Cuando llegó al pozo lo encontró enteramente desierto, excepción hecha de un solitario extranjero vestido a la guisa morisca, que se veía sentado en uno de los bancos de piedra a la luz de la luna. Peregil se detuvo de pronto, y lo miró con extrañeza mezclada de terror; pero el moro le hizo señas para que se le acercase.

-Estoy muy débil y enfermo -le dijo-; ayúdame a volver a la ciudad y te daré el doble de lo que puedas ganar con tus cántaros de agua.

El sensible corazón del pobre aguador se conmovió con la súplica del extranjero y le respondió:

-No quiera Dios que yo reciba recompensa alguna por hacer un acto obligado de humanidad.

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