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El curioso barbero, deshecho de impaciencia, se vistió en un abrir y cerrar de ojos, y, saliendo cautelosamente, siguió al aguador a larga distancia, hasta que le vio haciendo un hoyo en la arena ribera del Genil y enterrar después un bulto que parecía un cadáver.

Diose prisa el barbero en regresar a su casa, y empezó a dar vueltas y revueltas por la tienda, colocándolo y haciendolo todo mal y de mala manera, hasta tanto que vio salir el sol. Entonces tomó una bacía debajo del brazo y se dirigió a casa del alcalde, que era su cliente cotidiano.

El alcalde se acababa de levantar en aquel momento. Pedrillo Pedrugo le hizo sentar en una silla, púsole el paño para afeitar, colocole la bacía con agua caliente en el cuello, y empezó a ablandarle la barba con los dedos.

-¡Qué cosas pasan tan grandes! -dijo Pedrugo, oficiando a la vez de barbero y de charlatán-. ¡Qué cosas! ¡Qué cosas! ¡Un robo, un asesinato y un entierro en una misma noche!

-¿Eh? ¡Cómo! ¿Qué estás diciendo? -exclamó el alcalde.

-Digo -continuó el barbero, pasando a la vez el jabón por las narices y la boca de la autoridad (pues los barberos españoles se desdeñan de usar brocha)- digo que Peregil el gallego ha robado y asesinado a un moro y le ha enterrado en esta misma maldita noche.

-¿Y cómo sabes tú todo eso? -le preguntó el alcalde.

-¡Oiga usted con calma, señor, y se enterará de todo! -decía Pedrillo agarrándole por la nariz mientras le pasaba la navaja por sus mejillas.

Y ce por be contó al alcalde todo cuanto había visto, haciendo dos cosas a la par: afeitar, lavar y enjugar el rostro del alcalde con la sucia toalla, al mismo tiempo que robaba, asesinaba y enterraba al musulmán.

Es el caso que el tal alcalde era el déspota más insufrible y el más codicioso e insaciable avariento que se conocía en Granada. Con todo, no se puede negar que tenía en bastante estima la justicia, pues el hombre la vendía a peso de oro. Presumió, pues, que el caso en cuestión era un robo con asesinato, y que debía ser de bastante consideración lo robado. ¿Cómo se arreglaría para ponerlo todo en las legítimas manos de la ley? Atrapar sencillamente al delincuente no era sino dar carne a la horca; pero atrapar el botín sería enriquecer al juez, y eso es lo que él consideraba el fin principal de la justicia.

Y así discurriendo, mandó llamar al alguacil de su mayor confianza, el cual era una buena pieza: un tipo de rostro enjuto y famélico, vestido a la antigua española, según correspondía a su cargo, con un sombrero ancho de castor con alas vueltas hacia arriba por ambos lados, con cuello almidonado, capilla negra colgando de los hombros y traje raído también negro, que dibujaba su raquítica contextura de alambre, y con su vara en la mano, como distintivo e insignia temible de su autoridad. Tal era el sabueso de antigua raza española a quien el alcalde puso sobre la pista del infortunado aguador, y tal fue su diligencia y su olfato, que al punto estaba ya pisando los talones del pobre Peregil, quien aún no había acabado de llegar a su casa, y, cogiéndole, le llevó en compañía del borrico ante la presencia del magistrado popular.

Dirigió el alcalde una mirada terrible al pobre gallego y le dijo con voz amenazadora, que le hizo caer, trémulo, de rodillas.

-¡Oye, infame! No intentes negar tu delito, pues lo sé todo. La horca es el castigo que te espera por el crimen que has cometido; pero yo, que soy compasivo, estoy dispuesto a escuchar lo que sea razonable. El hombre que ha sido asesinado en tu casa era moro, un infiel enemigo de nuestra fe, y sin duda tú le mataste en un rapto de celo religioso; por lo tanto, quiero ser indulgente contigo, pero entrégame lo que le has robado y le echaremos tierra al asunto.

El pobre aguador ponía por testigo de su inocencia a todos los santos de la corte celestial; mas, ¡ay!, ninguno venía en su ayuda, y, aunque se le hubiera presentado, el alcalde no hubiera dado crédito ni al santoral entero. El gallego contó toda la historia del moribundo moro con la justificadora sencillez de la verdad, mas todo fue en vano.

-¿Pretenderás seguir sosteniendo -le dijo el juez- que el tal moro no tenía ni dinero ni alhaja, cuando ellas fueron las que tentaron tu codicia?

-Es tan cierto como que soy inocente, señor -replicó el aguador-, que no tenía más que una cajita de sándalo, que me legó en premio de mi servicio.

-¡Una caja de sándalo!, ¡una caja de sándalo! -exclamaba el alcalde, y le brillaban las pupilas ante la esperanza de que sería una preciosa joya-. ¿Dónde está esa caja? ¿Dónde la has escondido?

-Con perdón de usía, está en una de las aguaderas de mi burro, y enteramente al servicio de su señoría -contestó el aguador.

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