Читаем El Huerto De Mi Amada полностью

Natalia se había quedado absolutamente turulata, es cierto, muy, muy cierto, pero también lo es que había quedado absolutamente convencida. ¿Convencida de qué? Pues de eso. ¿De qué eso? Pues, de pe a pa, de todas y cada una las respuestas y explicaciones que su amante maravilloso le había dado, ahí en el comedor, mientras desayunaban y esperaban que Molina, el chofer del Daimler, llegara de Chorrillos, recogiera al joven Carlitos, y se lo llevara a estudiar. Y había que verlo a él, ahora, fresco como una lechuga, siempre sonriente, feliz con el platillo de frutos secos que Cristóbal acababa de traerle y sacándole la pepa a cada uno de los dátiles, a cada uno de los guindones, y a cada uno de los higos secos. Era un procedimiento lento y minucioso, sobre todo porque ninguno de los frutos tenía pepa ni nada, ya. Natalia lo contemplaba, feliz también, y convencidísima, por supuesto, aunque no dejaba de pensar en que la única forma en que Carlitos y ella lograrían convencer a todo el mundo de que lo de ellos era natural, espontáneo, limpio, alegre y normal, sobre todo normal, era… Bueno, era imposible. Porque habría que mandar al pobre Carlitos a acostarse con la sociedad entera de Lima, primero, y luego sentarlo a desayunar y hacerle las preguntas que ella acababa de hacerle mientras él se iba atorando incluso con la pepa inexistente de un higo seco, y habría tenido que ser ella también la que escuchaba cada una de sus palabras y las relacionaba sin obstáculo alguno, con toda la naturalidad del mundo, con los momentos de verdadero amor y armonía, de gracia y de perfección que habían logrado ir hilvanando hora tras hora y noche tras noche, e incluso mientras dormían. Porque aquello era así. Por supuesto que era así. Cualquiera podía ponerse en su lugar y comprobarlo. Y, sin embargo, aquello no era así. No, por supuesto que no. Porque cualquiera podía ponerse en su lugar y comprobarlo, claro que sí, pero nadie nunca jamás se iba a atrever a hacerlo, por la sencilla razón de que era mucho más fácil arrojar primero la piedra ancestral, según la costumbre tan limeña y borreguil.

Por lo demás, Carlitos acababa de llamarle té al café, de darle las gracias a Marietta, en vez de Julia, y ya se iba a estudiar, pero olvidando sus libros. Le quedaba pues a ella la tremenda tarea de proteger a ese muchacho. ¿Qué estarían pensando, decidiendo, haciendo, sus padres? ¿Qué, tanta gente más? Natalia se dejó besar por un muchacho que partía alegremente a estudiar y que, indudablemente, estaba convencido de que el huerto y ella eran para siempre. Y ésta era, pues, la tarea que le quedaba a Natalia. Tremenda.

Se oyó partir el automóvil y ella continuó sentada, mirando el comedor, la mesa, las sillas, la consola, los aparadores, los platos y las fuentes, el mantel, los bodegones, los cubiertos… Aquello era una inmensa habitación llena y vacía, a la vez, y la casona toda iba adquiriendo de pronto una nueva dimensión, una creciente desolación, aunque por las ventanas se pudieran ver siempre aquellos jardines y arboledas y la mañana fuera soleada. Natalia se incorporó. No quería dejarse aplastar por la ausencia de Carlitos, por la forma en que, de golpe, el mundo a su alrededor iba quedándose por completo sin contenido. «Se va él, y mira tú, Natalia, lo vacío que se ha quedado todo. Vacío y sin sentido. Si pudiera recordar, una por una, las palabras de nuestra conversación, hace un momento… Ah… Nuestra conversación contra el mundo entero, claro…»

No había mejor manera de luchar contra todo aquello que volver a la alcoba, encerrarse en ella, y meterse cuerpo y alma en la camota, antes de que Julia entre y se le ocurra poner orden en aquel maravilloso desastre. Sí, ahí estaba, oliendo aún a lamparín, a candil, a velador, y hasta a divino, sí, mira tú, todo en la penumbra en que lo dejaron cuando él pasó a ducharse rápidamente mientras ella pedía el desayuno y llegaba Molina…

Molina… El recuerdo de aquel extraño chofer, hosco, malhumorado, seco, y hasta atrevido, pero que adoraba a sus padres, la hizo sonreír. Nadie supo nunca su nombre, o en todo caso ella debía de ser bastante niña aún cuando se perdió en la memoria de todos. Porque Molina era Molina y nada más, sin un nombre de pila, un apodo, un segundo apellido. Natalia se hundió en su camota, desapareció bajo una sábana y trató de imaginar cuáles podrían ser las relaciones entre Carlitos y el eterno malhumor de Molina, porque el viaje de Surco hasta la calle de la Amargura era bastante largo. Y además iban a ser cuatro viajes al día, dos de ida, todas las mañanas, y dos de vuelta, todas las tardes. Las relaciones iban a ser, por lo menos, bastante complicadas y hasta extravagantes. Pero sin duda alguna, lo mejor de todo, pagaría por verlo, caramba, iban a ser las relaciones entre los mellizos Céspedes, Molina, el automóvil Daimler y Carlitos, realmente pagaría por ver todo aquello, caramba…

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