Читаем El Huerto De Mi Amada полностью

Natalia reía, ahora, escondida bajo una sábana, reía al recordar lo que había sido la llamada de Carlitos a los mellizos, anoche, para avisarles que había estado ligeramente descompuesto, aunque sumamente feliz, aunque, bueno, no, este… je. Pero mañana llego como siempre muy puntual, aunque ahora en un automóvil Daimler, me parece… Natalia reía al hilvanar alguna que otra palabra de aquella absurda conversación telefónica…

– ¿Un qué?

– El chofer se llama Molina, eso sí. Con toda seguridad.

– ¿Un qué?

– Uno con estribos.

– Muy viejo, entonces…

– Yo diría más bien que muy caro y, por supuesto, demasiado elegante para mí, pero Natalia dice que ni el Daimler ni Molina sirven ya para nada y que, en cambio, el tranvía…

– ¿Vienes en auto o en tranvía?

– Ya les dije que voy con Molina, que es chofer y no tranviario… Pero, a ver, déjenme confirmarlo todo con Natalia. Y no me cuelguen, por favor.

Lo malo es que fue Carlitos el que colgó, para ir a preguntarle a…

– Caray, qué burro soy. Creo que les he colgado, mi amor…

– Te oí decir que ibas a consultarme algo acerca de lo de mañana, creo.

– Sí, ya sé, pero…

– Olvídalo por ahora, Carlitos. Y, además, estáte seguro de que los mellizos ya lo entendieron todo.

Y claro, igualito a como hablaban por teléfono, metiéndose casi entre el aparato de pared, colgados de su desesperación social, ahora los hermanos Arturo y Raúl Céspedes colgaban ya lo suficiente de la ventana peligrosa de derrumbe y quincha, ahí en su melodramático segundo piso, cuando el Daimler hizo su saludable ingreso en la calle de la Amargura. E instantes después casi se desnucan cuando el Daimler, en efecto, carajo, la cagada y en efecto, era novísimo y carísimo, pero tenía estribos, pero estribos como para Greta Garbo o Harry Truman y multitudes aclamando, en la pantalla en blanco y negro del cine Ritz, que no era cine de estreno sino más bien de barrio y medio pelo, aunque queda en la avenida Alfonso Ugarte, y no lo negamos, nosotros sí vamos al Ritz, que es horrible, según dicen y decimos, claro, pero vamos porque nos queda cerca, ¿nos entiendes?, y además queda en la avenida Alfonso Ugarte, Carlitos, ¿nos entiendes?, o sea, que no es del todo cine de barrio, y Carlitos que sí, que los entendió perfecto, y que el cine Ritz no es un cine de estreno pero tampoco de provincias, no, Carlitos, de barrio pero no tanto, ¿nos entendiste?, bueno, sí, de barrio, ya entiendo, como esta casa, ¿no?, je, je. La puerta de la casa se abrió en un abrir y cerrar de ojos y los mellizos ya estaban ahí.

– ¿Usted no los vio allá arriba en la ventana, señor Molina? Explíqueme, por favor, cómo han hecho para estar ya aquí abajo.

– Lo mío, joven, es mirar al frente, para que no nos estrellemos.

– Es cierto, señor Molina. Y ahora, ¿puedo bajar ya?

– Pero por el lado derecho, joven, para que no lo atrepellen. Y espere a que yo le abra la puerta, por favor, qué dirían, si no, don Luciano y doña Piedad, que, ellos, sí sabían bajar como se debe de un automóvil con o sin estribos.

– Le prometo tenerlo todo en cuenta, señor Molina.

– Mi nombre es Molina y se me dice sólo Molina, señor Carlos.

– Le prometo tenerlo todo en cuenta, señor.

– Molina, señor.

– Sí, señor.

– No parece chofer -se les escapó a los mellizos, en su desesperación por ver y enterarse de más, y, de paso, entender un poquito, también.

– Mi uniforme es de chofer de los señores de Larrea y Olavegoya.

Casi los mata con su respuesta, el uniformado, pero sobre todo casi los mata con el problema racial que, desde ese instante y para siempre, significó Molina en la atormentada vida etnosociocultural de los mellizos Céspedes Salinas -más bien de raza blanca, aunque además…, o, al revés, algo cholones, aunque también…-, con su aspecto simple y llanamente ario y prusiano y hasta superior a nosotros, mierda. Porque Molina medía un metro ochenta y siete, era albión, como la rubia Albión, llevaba unos bigotes de noble y de ruso y de ruso blanco despilfarrando en Maxim's, como en la película en tecnicolor La viuda alegre, vista en un cine de provincias, bueno, sí, de barrio, carajo, no nos confundas, Carlitos, unos ojos verdes y un sinnúmero más de ventajas y superioridades de tamaño y color, cuando menos, con respecto a nosotros, chofer de mierda… Todos se despidieron odiándose, en la vereda derecha de la calle de la Amargura, menos Carlitos, que no entendió nada de lo ocurrido, ni de una parte ni de la otra, y cuando los mellizos le aseguraron que este hijo de puta tiene que ser hijo natural de alguien, les respondió:

– Pues yo creo que es menos hijo de alguien que nadie en este mundo, porque, por no tener, no tiene ni apodo.

– Pero un segundo apellido…

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