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Ella volvió, lo mismo que la señora Cramond, que parecía más enjuta y envejecida. Él esperaba que la señora se deshiciese de la casa, pero no lo hizo; en lugar de eso, Andrea se trasladó a vivir con ella tras vender el apartamento de Comely Bank, alquilado durante aquellos años por unos estudiantes. Madre e hija se entendían considerablemente bien. De hecho, la casa era lo suficientemente grande para las dos, y vendieron el gran sótano como vivienda, dado que tenía baño y cocina propios.

Las cosas empezaron a marchar bien una vez ella hubo regresado. Él dejó de preocuparse por su calvicie incipiente, el trabajo le iba bien (seguía considerando la posibilidad de asociarse con sus dos compañeros) y su padre parecía bastante feliz en la costa oeste, pasando la mayor parte del tiempo en un club de jubilados donde, aparentemente, atraía la atención de varias viudas (solo con la mayor de las desganas se dejaba tentar con un fin de semana en Edimburgo y, una vez allí, se sentaba a mirar el reloj y a protestar por estar perdiéndose su partida de cartas con los amigos, o el bingo, o la clase de baile. Paseaba la nariz por los platos de los mejores cocineros de Edimburgo y suspiraba lánguidamente por la carne picada y los menús miserables que estarían tomando los demás en el club).

Y Edimburgo podía estar empezando a convertirse en una capital, aunque de forma limitada una vez más. El traspaso de competencias se respiraba en el ambiente.

Él comenzó a notar un leve sobrepeso; movimientos de carnes en el abdomen y los pectorales al subir corriendo las escaleras, un pequeño problema al que debía hacer frente. Empezó a jugar al squash, pero no le gustaba. Prefería tener su propio territorio en el juego, según decía a los demás. Por otro lado, Andrea siempre le ganaba. Empezó a practicar el bádminton y la natación en la Commonwealth Pool dos o tres veces a la semana. Pero se negó a salir a correr; todo tiene un límite.

Asistía a conciertos. Andrea había regresado de París con gustos católicos. Lo arrastraba al Usher Hall a escuchar a Bach y Mozart, ponía discos de Jacques Brel cuando estaban en la casa de Moray Place, y le regalaba álbumes de Bessie Smith. A él le gustaban más los Motels y los Pretenders, Martha Davis cantando Total Control y Chrissie Hynde gritando «¡fffuck off!». Estaba convencido de que la música clásica no tenía ningún efecto sobre él hasta que un día se sorprendió a sí mismo intentando silbar la obertura de Las bodas de Fígaro. A partir de entonces, desarrolló una especial predilección por complicadas piezas de clavicordio; eran ideales para conducir, siempre y cuando el volumen fuese lo suficientemente alto. Descubrió a Warren Zevon y deseó haber escuchado su álbum cuando lo editaron por primera vez. Y se encontró saltando y brincando con los Rezillos en las fiestas.

– ¿Que vas a hacer qué? -preguntó Andrea.

– Voy a comprarme un ala delta.

– Te romperás el cuello.

– Qué va. Parece divertido.

– ¿El qué? ¿Estar en un pulmón de acero?

No compró el ala delta; decidió que aún no eran del todo seguros. En lugar de eso, se lanzó en paracaídas.

Andrea estuvo un par de meses redecorando la casa de Moray Place, para supervisar a los carpinteros y decoradores, y pintar la mayor parte ella sola. A él le gustaba ayudarla, y trabajar hasta altas horas de la noche con ropas viejas manchadas de pintura, escuchándola silbar en la habitación de al lado o hablando con ella mientras pintaban. Una noche, se llevaron un buen susto cuando él notó un pequeño bulto en un pecho de ella, pero al final resultó ser benigno. Él se notaba la vista cansada en el trabajo, mientras estudiaba planos y bosquejos, y decidió acudir al óptico porque sospechaba que iba a necesitar gafas.

Stewart tuvo una breve aventura con una estudiante de la universidad y Shona lo descubrió. Ella sopesó dejarlo y prácticamente lo echó de casa. Él acogió a un arrepentido Stewart en su casa y fue a hablar con Shona a Dunfermline para intentar suavizar las cosas. Le describió el dolor de Stewart y la forma en que siempre los había admirado como pareja, e incluso envidiado el clima de afecto tranquilo y pausado que se profesaban cuando estaban juntos. Se sentía extraño allí sentado, intentando convencer a Shona de no abandonar a su marido por haberse acostado con otra mujer; era algo casi irreal, incluso cómico desde un determinado punto de vista. Para él parecía ridículo; Andrea estaba en París aquel fin de semana, seguramente liada con Gustave, y él había estado con una paracaidista alta y rubia aquella noche en Edimburgo. ¿Acaso eran los papeles firmados los que marcaban la diferencia? ¿O el vivir juntos, o los hijos, o la fe en los votos, la institución o la religión?

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The clash of civilizations will be won ... by thte highest bidderWhat happens when America's most lethal military contractor becomes uncontrollably powerful?His election promised a new day for America ... but dangerous storm clouds are on the horizon. The newly inaugurated president, Joseph Gardner, pledged to start pulling U.S. forces out of Iraq on his first day in office--no questions asked. Meanwhile, former president Kevin Martindale and retired Air Force lieutenant-general Patrick McLanahan have left government behind for the lucrative world of military contracting. Their private firm, Scion Aviation International, has been hired by the Pentagon to take over aerial patrols in northern Iraq as the U.S. military begins to downsize its presence there.Yet Iraq quickly reemerges as a hot zone: Kurdish nationalist attacks have led the Republic of Turkey to invade northern Iraq. The new American presi dent needs to regain control of the situation--immediately--but he's reluctant to send U.S. forces back into harm's way, leaving Scion the only credible force in the region capable of blunting the Turks' advances.But when Patrick McLanahan makes the decision to take the fight to the Turks, can the president rein him in? And just where does McLanahan's loyalty ultimately lie: with his country, his commander in chief, his fellow warriors ... or with his company's shareholders?In Rogue Forces, Dale Brown, the New York Times bestselling master of thrilling action, explores the frightening possibility that the corporations we now rely on to fight our battles are becoming too powerful for America's good.

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