Читаем El puente полностью

Probablemente no fue gracias a él, pero se reconciliaron. Shona solo mencionaba el asunto ocasionalmente, cuando estaba borracha, y cada vez con menos amargura con el paso del tiempo. No obstante, todo aquello le demostró a él la fragilidad de la relación aparentemente más segura si se quebrantaban las normas acordadas, fueran cuales fueran.

Qué demonios, pensó, y finalmente se asoció con sus dos compañeros de trabajo. Encontraron una oficina en Pilrig y buscaron un asesor contable. Él se unió al partido Laborista y tomó parte en diversas campañas de envíos de cartas para Amnistía Internacional. Vendió el Saab y se compró un Golf GTI e hipotecó su apartamento.

Cuando estaba limpiando el Saab para entregárselo al comprador, encontró el pañuelo blanco de seda que habían utilizado aquel día en la torre. No quiso dejarlo allí para que lo encontrase cualquiera y lo aclaró en una charca cuando regresaron, pero luego lo perdió. Pensó que se habría caído del coche.

Apareció arrugado y tieso bajo el asiento del copiloto. Lo lavó y consiguió quitar todas las huellas dactilares, pero la mancha de sangre seca, que formaba un círculo que parecía un residuo de tinte barato, no desapareció de ninguna forma. De todas formas, se lo ofreció a Andrea. Ella le dijo que lo guardase, pero cambió de idea y se lo llevó, devolviéndolo una semana más tarde, impecable, casi nuevo, y con sus iniciales bordadas. Él quedó impresionado. Ella nunca le dijo cómo lo había lavado con ayuda de su madre; era un secreto de familia. Él lo guardó con sumo cuidado y nunca lo llevaba cuando sabía que iba a beber mucho, no fuera a ser que lo olvidase en algún bar.

– Fetichista -le dijo ella.


El fabuloso referéndum, efectivamente, fue manipulado. Un montón de trabajo al garete.

Andrea estaba traduciendo textos rusos y escribiendo artículos sobre literatura de Rusia para diversas revistas. Él no supo nada de todo aquello hasta que leyó algo de ella en Edinburgh Review, un extenso trabajo sobre Sofia Tolstoy y Nadezhda Mandelstam. Sintió una punzada de confusión, incluso de mareo, mientras lo leía. Por fuerza tenía que ser la misma Andrea Cramond; escribía tal y como hablaba, y él podía escuchar casi literalmente el ritmo de su discurso al leer las palabras impresas. Se sintió dolido y le preguntó por qué nunca se lo había contado. Ella sonrió, se encogió de hombros y se excusó con que no le gustaba presumir. También había escrito varios artículos esporádicos para algunas revistas parisinas. Había retomado las lecciones de piano, tras dejarlas cuando estudiaba en el instituto, y asistía a clases nocturnas de dibujo y pintura.

Ella también había formado una especie de sociedad; había invertido en una librería feminista que habían creado dos antiguas amigas suyas. Otras mujeres se habían unido al proyecto y ya eran siete en el colectivo.

«Locura económica» era la expresión que su hermano empleaba para definir el negocio. Ella ayudaba en la tienda ocasionalmente y él siempre acudía allí en primer lugar cuando buscaba un libro en concreto, pero se sentía ligeramente incómodo, y raras veces hallaba lo que quería. En una reunión, una de las mujeres reprochó a Andrea el haberle dado un beso de despedida tras haber comprado unos libros. De entrada, Andrea se limitó a reírse de ella, pero luego se sintió poco respaldada. Pidió disculpas por la risa, pero no por el beso. Cuando ella se lo contó, él se cuidó de no besarla o tocarla cuando visitaba la librería.


– Oooh, mierda -dijo él mientras veían los resultados de las elecciones en televisión, sentados en la cama. Andrea negó con la cabeza, decepcionada, y alargó el brazo hacia el Black Label, que estaba en la mesita de noche.

– No pasa nada, muchacho; tómate un whisky e intenta no pensar en ello. Piensa mejor en el tipo de gravamen.

– A la mierda con eso. Prefiero cuidar más mi conciencia que mi saldo bancario.

– Tu asesor se va a marear con tus archivos.

Un nuevo informe oficial anunció otra victoria tory, ovacionada por sus seguidores. El también negó con la cabeza.

– Este país se va a la mierda -murmuró.

– Pues sí -coincidió Andrea, haciendo rodar el vaso de whisky entre sus manos y mirando el televisor a través de él, con las cejas levantadas.

– Bueno… al menos es una mujer -dijo él, abatido.

– Será una mujer, pero vaya mujer.

Escocia votó a los laboristas, que vencieron sobre el SNP. La honorable Margaret Thatcher entró en el Parlamento.

Él volvió a negar efusivamente con la cabeza.

– Ooooh, mierda.


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