Читаем El puente полностью

En una ocasión, ella estuvo fuera de circulación durante casi dos semanas seguidas, intervalo de tiempo durante el que mantuvo una relación con un joven profesor de la universidad Heriot-Watt, que empezó con un flechazo y terminó con portazos, lanzamiento de objetos y cristales rotos en un lapso de doce días. Él la echaba mucho de menos. Se tomó la segunda semana libre y salió a pasar unos días fuera. El Range Rover y el GTI se habían complementado con una Ducati; tenía una tienda de campaña individual, un saco de dormir y el mejor equipamiento de excursionismo. La moto salió rugiendo hacia el oeste y lo llevó a varios días de caminatas solitarias por las colinas.

Cuando regresó, ella ya había terminado con el profesor. Hablaron por teléfono, pero ella se mostraba extrañamente reticente a verlo. Él se quedó preocupado y le costó dormir durante unos días. Cuando finalmente se reunieron una semana más tarde, él vio restos de una marca amarillenta en el ojo izquierdo de ella. Se dio cuenta porque ella olvidó no quitarse las gafas oscuras en el pub.

– ¿Por eso no querías verme? -preguntó él.

– No hagas nada -respondió ella-. Por favor. Ya se ha terminado todo. Podría haberlo estrangulado, pero ahora ya está. Si le pones un dedo encima, no te vuelvo a hablar en la vida.

– No todos recurrimos a la violencia con tanta facilidad – repuso él fríamente-. Tendrías que habérmelo contado. Llevo una semana muy preocupado.

Entonces, deseó no haber dicho todo aquello, porque ella se desmoronó, lo abrazó y rompió a llorar, y él se dio cuenta de lo mal que lo debía de haber pasado. Se sintió egoísta y mezquino por suponer una preocupación más para ella. Le acarició los cabellos mientras ella sollozaba en su pecho.

– Vamos a casa -susurró.

Él salió de acampada a las colinas en varias ocasiones más, aprovechando las estancias de ella en París para escapar de Edimburgo y visitar las islas y las montañas, parándose a ver a su padre, tanto a la ida como a la vuelta. Un atardecer, había acampado en la ladera de la montaña Beinn a' Chaisgein Mor -había un refugio cerca, pero prefería dormir al aire libre si el clima era agradable- con vistas al Fionn Loch y a la calzada elevada que cruzaría al día siguiente, en dirección a las montañas más lejanas, cuando de pronto pensó que, lo mismo que él nunca había ido a París en todos aquellos años, Gustave tampoco había visitado Edimburgo.

Ah. Tal vez solo fueran los efectos del último porro, pero en aquel momento, aunque estaban a mil kilómetros de distancia y con muchos años sin compartir, se sintió extrañamente cerca del francés al que jamás conoció. Rió en voz alta bajo el frío aire de los montes escoceses, mientras la brisa movía el cuerpo de la tienda de campaña como si respirase con vida propia.

Uno de sus primeros recuerdos era una cadena de montañas y una isla. Su madre y su padre, su hermana pequeña y él habían ido a Arran de vacaciones; él tendría unos tres años. Mientras el barco chapoteaba sobre las resplandecientes aguas del río en dirección a la lejana masa de tierra de la isla, su padre le mostró al Guerrero Durmiente; la forma de la cresta de la montaña del extremo norte de la isla se asemejaba a un soldado tumbado sobre el paisaje, heroico y caído. Nunca olvidaría aquella visión y tampoco la mezcla de sonidos que la acompañaban: el graznido de las gaviotas, el chapoteo de las hélices de los barcos, un grupo de acordeonistas tocando en cubierta, las risas de los pasajeros. Aquello le proporcionó también su primera pesadilla; su madre tuvo que despertarlo y sacarlo de la cama que compartía con su hermana en la casa donde se alojaban, porque llevaba un rato llorando y quejándose. En su sueño, el gran guerrero de piedra se había despertado y se dirigía lentamente, con paso firme y pesado, a asesinar a sus padres.


La señora y la señorita Cramond sacaron el máximo partido de su gran casa; organizaban eventos sociales muy agradables y sus fiestas se popularizaron notablemente. Alojaban a gente; poetas que recitaban su obra en la universidad, un pintor que intentaba vender sus cuadros a una galería, un escritor invitado por la librería para una firma de ejemplares… Algunas tardes, él se encontraba con todo un círculo de personas a las que no conocía en la casa; normalmente parecían menos acomodados que los amigos de Andrea, y solían comer y beber bastante más. La señora Cramond, aparentemente, pasaba la mitad del día preparando pasteles, panes y quiches. A él le preocupaba que, incluso en su viudedad, la señora estuviese todo el tiempo haciendo cosas para los demás, pero Andrea le dijo que no fuera estúpido; a su madre le encantaba ver cómo la gente disfrutaba con algo que ella había hecho. Él lo aceptó, pero observaba cómo los huéspedes itinerantes se llenaban los bolsillos de pasteles y de alguna que otra botella de vino con un persistente sentido de la explotación ajena.

Перейти на страницу:

Похожие книги

Rogue Forces
Rogue Forces

The clash of civilizations will be won ... by thte highest bidderWhat happens when America's most lethal military contractor becomes uncontrollably powerful?His election promised a new day for America ... but dangerous storm clouds are on the horizon. The newly inaugurated president, Joseph Gardner, pledged to start pulling U.S. forces out of Iraq on his first day in office--no questions asked. Meanwhile, former president Kevin Martindale and retired Air Force lieutenant-general Patrick McLanahan have left government behind for the lucrative world of military contracting. Their private firm, Scion Aviation International, has been hired by the Pentagon to take over aerial patrols in northern Iraq as the U.S. military begins to downsize its presence there.Yet Iraq quickly reemerges as a hot zone: Kurdish nationalist attacks have led the Republic of Turkey to invade northern Iraq. The new American presi dent needs to regain control of the situation--immediately--but he's reluctant to send U.S. forces back into harm's way, leaving Scion the only credible force in the region capable of blunting the Turks' advances.But when Patrick McLanahan makes the decision to take the fight to the Turks, can the president rein him in? And just where does McLanahan's loyalty ultimately lie: with his country, his commander in chief, his fellow warriors ... or with his company's shareholders?In Rogue Forces, Dale Brown, the New York Times bestselling master of thrilling action, explores the frightening possibility that the corporations we now rely on to fight our battles are becoming too powerful for America's good.

Дейл Браун

Триллер