El negocio marchaba bien, incluso tuvieron que rechazar varias solicitudes. Al cabo de un año, su asesor contable ya le recomendaba que adquiriese una casa mayor y un coche nuevo. «Pero a mí me gusta mi apartamento», se quejó a Andrea. «Mantenlo y cómprate otra casa», resolvió ella. «¡Pero solo puedo vivir en un sitio! En cualquier caso, siempre he pensado que es inmoral tener dos casas cuando hay gente que vive sin un techo bajo el que cobijarse». Andrea se desesperaba con él. «Pues deja que alguien viva en el apartamento, o en la casa que vas a comprar, pero recuerda la cantidad de impuestos extraordinarios que tendrás que pagar si no haces caso a tu asesor contable».
«Ah», asintió él.
Vendió el apartamento y compró una casa en Leith, con vistas al estuario del río Forth. Tenía cinco dormitorios y un gran garaje de dos plazas: compró un nuevo GTI y un Range Rover, para tener contento a su asesor y para llenar el garaje. En realidad, el coche grande le resultaba muy útil en las visitas de obras. Aquel año, habían trabajado mucho con empresas de Aberdeen, con lo que se reunió en varias ocasiones con la familia de Stewart. En una de sus visitas, terminó en la cama con una hermana de Stewart, una profesora divorciada. Nunca se lo contó a su amigo, aun sin la certeza absoluta de que le hubiese importado. Pero sí se lo dijo a Andrea.
– ¡Una profesora! -exclamó ella con una sonrisa-. ¿Ha sido una experiencia educativa? -Él le sugirió no comentarle nada a Stewart-. Muchacho… -respondió ella sujetándole el mentón con una mano y mirándolo muy seria-, eres tonto.
Andrea lo ayudó a decorar la casa y le aportó en esquemas completamente nuevos.
Una tarde, él se había subido a una escalera para pintar el techo de color rosa, cuando experimentó un repentino déjà vu. Dejó de dar brochazos. Andrea se encontraba en la habitación de al lado, silbando distraídamente. Él reconoció la melodía: The River. Permaneció en la cima de la escalera, en la estancia vacía y resonante, y se recordó a sí mismo de pie, en una amplia habitación llena de muebles cubiertos con sábanas en la casa de Moray Place un año antes, ataviado con la misma ropa manchada de pintura, escuchándola silbar desde el dormitorio contiguo, y sintiendo una enorme y simple felicidad. Tengo la mayor de las suertes, pensó. Tengo tantas cosas buenas… pero todavía quiero más, probablemente más de lo que puedo abarcar; en realidad, anhelo cosas que seguramente no me harían feliz aunque las consiguiera. Pero, aun así, las quiero. Forma parte de la satisfacción.
Si mi vida fuese una película, pensó, ahora saldrían los títulos de crédito, con un fundido de esta sonrisa beatífica en una habitación vacía, el hombre encaramado en la escalera improvisando, renovando, mejorando. Corten. Fin.
Bueno, se dijo a sí mismo, pero no es una película. En aquellos momentos, se encontraba inmerso en una oleada de pura alegría, el simple placer de estar donde quería estar y de ser quien quería ser, y de conocer a quien quería conocer. Lanzó la brocha a una esquina de la habitación, saltó de la escalera y fue en busca de Andrea, que trabajaba con el rodillo sobre una pared.
– ¡Dios mío! Creía que te habías caído… ¿Se puede saber qué significa esa sonrisa?
– Me acabo de acordar -respondió él, quitándole el rodillo de las manos y tirándolo tras él- de que no hemos estrenado esta habitación.
– Ya no me acordaba del efecto que te produce el olor a pintura.
Follaron contra la pared, por cambiar un poco. La camisa de Andrea se quedó pegada a la pintura húmeda; no pudo parar de reír hasta que le cayeron las lágrimas.
Él se había aficionado al cine. Durante el último festival, ambos habían asistido a más proyecciones que a obras o conciertos, y de repente, se dio cuenta de que se había perdido cientos de películas que deseaba ver. Se unió a una sociedad cinéfila, se compró un vídeo y rastreó diversas tiendas en busca de buenos largometrajes. Si por casualidad tenía que viajar a Londres por trabajo, intentaba empaparse de cine todo lo que podía. Le gustaba casi todo; en realidad, le gustaba ir al cine.
Un grupo musical escocés, llamado The Tourists, triunfó notablemente en las listas de éxitos. Su cantante terminó convirtiéndose en la voz femenina solista de Eurythmics. La gente le preguntaba si tenían algún parentesco. «Desgraciadamente, no», suspiraba él.
Andrea tuvo varias aventuras amorosas y él intentó no sentir celos. En realidad, no son celos, se decía a sí mismo; es algo más parecido a la envidia. Y al miedo. Alguno podría ser mejor hombre y mejor amante que yo.