Si hubiese Don Afonso Henriques conseguido el dinero unos días antes, la historia de este cerco hubiera sido diferente, no en su conocida conclusión, sino en sus trámites intermedios. Es que, con el paso del tiempo, estábamos ya a mediados de septiembre, y sin que se supiera cómo y de dónde había salido la inaudita idea, empezaron los soldados a decirse unos a los otros que, siendo tanto o tan poco hombres como los cruzados, también por igual deberían ser merecedores, y que estando sujetos a la misma muerte, les deberían ser reconocidos derechos en todo iguales a los de ellos, cuando llegase la hora del pago. Hablando claro, lo que ellos querían saber era por qué bulas iban los cruzados a tener derecho a saqueo, y aun así la mayoría se habían desinteresado de la empresa, mientras el soldadito portugués tendría que contentarse con un magro salario, asistiendo de bolsillos vacíos, al jolgorio, ocio y festival de los extranjeros. A los oídos de los capitanes llegaron ecos de estos movimientos y encuentros, pero la pretensión era tan absurda, iba en tal manera contra toda ley y usanza, tanto las escritas como las consuetudinarias, que la respuesta fue encogerse de hombros y un comentario displicente, Son parvos, con lo que pretendían significar, Son pequeños, que en aquel tiempo aún se daba importancia a la etimología, no es como hoy, que no puede llamársele parvo a nadie, aunque sea obviamente menguado, sin que le pongan de inmediato a uno una querella por ofensa. Por el sí o por el no, mandaron los capitanes recado a Don Afonso Henriques para que se diera prisa en liquidar los sueldos atrasados, porque andaba relajándose la disciplina y la tropa remoloneaba cada vez que los sargentos mandaban atacar, Por qué no va él, que tiene divisas, y era muy injusto el comentario, que nunca sargento alguno se quedó en la trinchera viendo en qué paraban los resultados del asalto, si debía avanzar para recoger los laureles o quedarse para reprender y castigar a los cobardes fugitivos. Al cabo de más de una semana, cuando las opiniones subversivas ya habían dejado de expresarse por la boca pequeña para ser proclamadas en voz alta en ayuntamientos espontáneos o convocados, corrió la noticia de que al fin iba a serles pagado el sueldo. Suspiraron de alivio los capitanes, pero pronto se les cortó la respiración cuando los de las cajas vinieron diciendo que no aparecía nadie a cobrar. En el propio campamento del rey la afluencia fue diminutísima, e incluso ésa debería ser interpretada como consecuencia de una intimidación, que en cualquier momento podía el quinto darse de narices con el rey y preguntarle éste, Has ido ya a cobrar, y de dónde iba a sacar el tímido recluta valor para responder, Sepa su alteza por qué no he ido, o me pagan lo mismo que a los cruzados, o no vuelvo a la guerra.