Eran buenos aquellos tiempos, para recibir satisfacción, no teníamos más que pedir con las palabras apropiadas, incluso en casos difíciles, por así decir ya desahuciado el paciente y sin esperanza de remedio. Ejemplo de esto es este mismo rey, que, habiendo nacido encogido de piernas, o con ellas atrofiadas, en el decir de ahora, fue extraordinariamente sanado, sin que médico alguno le hubiera puesto la mano encima, y, si la pusieron, de nada le sirvió. E incluso, sin duda por ser persona llamada a la realeza, no hay señales de que fuera preciso importunar a altas potestades, a la Virgen y al Señor nos referimos, ni a los ángeles de la sexta jerarquía, para que se produjese el salutífero suceso gracias al cual, se sabe ya, tuvo tal vez Portugal su independencia. Fue el caso que estando dormido en su cama Don Egas Moniz, ayo del niño Afonso, apareció ante él Santa María en visión y dijo, Don Egas Moniz, duermes, y él, que no sabía si soñaba o estaba despierto, preguntó, para estar seguro, Señora, quién sois vos, y ella respondió, con buenos modos, Yo soy la Virgen, y te mando que vayas a Carquere, que queda en el concejo de Resende, y cava en ese lugar y hallarás una iglesia que en otro tiempo fue iniciada en mi nombre, y hallarás también una imagen mía, y restáurala, que bien lo necesita tras tan triste abandono, y luego harás allí vigilia, y pondrás al niño en el altar, y has de saber que en ese instante quedará sano y curado, y cuídalo bien luego, que mi Hijo sé que tiene idea de darle cargo de destruir a los enemigos de la fe, y claro está que no podría hacerla así de piernas cortas. Despertó Don Egas Moniz lo más alegre que se puede, reunió al personal y, caballero en su mula, fue desde allí a Carquere y mandó cavar en el lugar indicado por la Virgen, y allá estaba la iglesia, pero la sorpresa es nuestra, no de ellos, porque en aquellos benditos tiempos no eran nunca gratuitos o engañosos los avisos superiores. Verdad es que no cumplió Don Egas precisamente los dictados de la Virgen, que muy explicado quedó que fue ella quien le mandó que allí cavase, entendemos nosotros que con sus propias manos, y va él, y qué hizo, dio orden de que otros cavasen, siervos de la gleba, probablemente, ya en aquellos tiempos había estas desigualdades sociales. Agradecemos a la Virgen que no fuera puntillosa hasta el punto de hacer que se encogieran otra vez las piernas del chiquillo Afonso, porque, así como hay milagros para el bien, también los ha habido para el mal, y sean testimonio aquellos infelices puercos de la Escritura que se lanzaron al precipicio cuando el buen Jesús les metió en el cuerpo los demonios que en el endemoniado estaban, de lo que resultó que padecieron martirio los inocentes animales, y sólo ellos, pues mucho mayor fue la caída de los ángeles rebeldes, luego demonios, cuando lo del motín y, que se sepa, no murió ninguno, con lo que no se puede perdonar la imprevidencia de Dios Nuestro Señor, que por esta desatención dejó escapar la ocasión de acabar con su raza de una vez, de buen consejo es el proverbio que avisa, Quien a enemigo perdona de su mano muere, ojalá no tenga Dios que arrepentirse un día, que será tarde de más. Aun así, si en ese fatal instante tuviere tiempo de recordar su vida pasada, esperemos que se haga la luz en su espíritu y pueda comprender que a todos nosotros, frágiles puercos y humanos, debería habernos ahorrado esos vicios, pecados y sufrimientos de insatisfacción que son, se dice, obra y marca del maligno. Entre el martillo y el yunque, somos un hierro al rojo que de tanto batir en él se apaga.