Está demostrado, pues, que el corrector erró, que si no erró se confundió, que si no se confundió imaginó, pero acuda a tirarle la primera piedra aquel que no haya errado, confundido o imaginado nunca. Errar, lo dijo quien sabía, es propio del hombre, lo que significa, si no es yerro tomar las palabras a la letra, que no sería verdadero hombre quien no errara. No obstante, esta máxima suprema no puede usarse como disculpa universal que a todos nos absolvería de juicios cojos y opiniones mancas. Quien no sabe debe preguntar, tener esa humildad, y una precaución tan elemental debería tenerla siempre presente el corrector, tanto más cuanto que ni siquiera precisa salir de casa, del despacho donde está ahora trabajando, pues no faltan aquí libros que lo elucidarían si hubiera tenido la sensatez y la prudencia de no creer ciegamente en aquello que supone saber, que es de ahí de donde vienen los engaños peores, no de la ignorancia. En estos cargados estantes, miles y miles de páginas esperan el centelleo de una curiosidad inicial o la firme luz que es siempre la duda que busca su propio esclarecimiento. Valoremos, en fin, en el haber del corrector, el haber reunido, a lo largo de una vida, tantas y tan diversas fuentes de información, aunque una simple mirada nos revele que faltan en su registro las tecnologías de la informática, pero el dinero, desgraciadamente, no llega a todo, y este oficio, hora es ya de decirlo, se encuentra entre los peor pagados del orbe. Un día, Alá es grande, cualquier corrector de libros tendrá a su disposición una terminal de ordenador que lo mantendrá unido día y noche, umbilicalmente, al banco central de datos, sin que él y nosotros tengamos más que desear que el que entre esos datos del saber total no se haya insinuado, como diablo en el convento, el yerro tentador.
Sea como fuere, mientras ese día no llega, los libros están aquí como una galaxia latente, y las palabras, en ellos, son otra polvareda cósmica fluctuando, a la espera de la mirada que las irá a fijar en un sentido o en ellas buscará el sentido nuevo, porque así como van variando las explicaciones del universo, también la sentencia que antes pareció inmutable para todo y siempre ofrece súbitamente otra interpretación, la posibilidad de una contradicción latente, la evidencia de su propio error. Aquí, en este despacho donde la verdad no puede ser más que una cara sobrepuesta a las infinitas máscaras variantes, están los acostumbrados diccionarios de la lengua y vocabularios, los Morais y los Aurélios, los Morenos y los Torrinhas, algunas gramáticas, el Manual del Perfecto Corrector, vademécum del oficio, pero están también las historias del Arte, del Mundo en general, de los Romanos, de los Persas, de los Griegos, de los Chinos, de los Eslavos, de los Portugueses, en fin, de casi todo lo que es pueblo y nación particular, y las historias de la Ciencia, de las Literaturas, de la Música, de las Religiones, de la Filosofía, de las Civilizaciones, el Larousse pequeño, el Quillet resumido, el Robert conciso, la Enciclopedia Política, la Luso-Brasileira, la Británica, incompleta, el Diccionario de Historia y Geografía, un Atlas Universal de estas materias, el de João Soares, antiguo, los Anuarios Históricos, el Diccionario de los Contemporáneos, la Biografía Universal, el Manual del Librero, el Diccionario de Fábulas, la Biografía Mitológica, la Biblioteca Lusitana, el Diccionario de Geografía Comparada, Antigua, Medieval y Moderna, el Atlas Histórico de los Estudios Contemporáneos, el Diccionario General de las Letras, de las Bellas Artes y de Ciencias Morales y Políticas, y, para terminar, no el inventario general sino lo que más a la vista está, el Diccionario General de Biografía y de Historia, de Mitología, de Geografía Antigua y Moderna, de las Antigüedades y de las Instituciones Griegas, Romanas, Francesas y Extranjeras, sin olvidar el Diccionario de Rarezas, Inverosimilitudes y Curiosidades, donde, admirable coincidencia que viene al dedo en este aventurado relato, se da como ejemplo de error la afirmación del sabio Aristóteles de que la mosca doméstica común tiene cuatro patas, reducción aritmética que los autores siguientes vinieron repitiendo por los siglos de los siglos cuando ya los chiquillos sabían, por crueldad y experimentación, que son seis las patas de la mosca, pues desde Aristóteles las venían arrancando, voluptuosamente contándolas, una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, pero esos mismos chiquillos, cuando crecían e iban a leer al sabio griego, se decían unos a otros, La mosca tiene cuatro patas, tanto puede la autoridad magistral y tanto sufre la verdad con la lección de ella que siempre nos van dando.