El corrector tiene nombre, se llama Raimundo. Ya era hora de saber quién es la persona de quien hemos venido hablando indiscreta-mente, si es que nombre y apellidos han podido añadir alguna vez provecho que se viera a las acostumbradas referencias sinalécticas y otros diseños, edad, altura, peso, tipo morfológico, tono de la piel, color de ojos, y de cabellos, si lisos, crespos u ondulados, o simplemente perdidos, metal de la voz, límpida o ronca, gesticulación característica, manera de andar, dado que la experiencia de las relaciones humanas ha demostrado que, sabiendo eso nosotros y a veces mucho más, ni lo que sabemos nos sirve ni somos capaces de imaginar lo que nos falta. Tal vez sólo una arruga, o la forma de las uñas, o el grosor de la muñeca, o el trazo de las cejas, o una cicatriz antigua e invisible, o sólo el apellido que no había llegado a ser dicho, aquel que más se estima, en este caso Silva, nombre completo Raimundo Silva, así se presenta cuando tiene que hacerlo, omitiendo el de Bienvenido, que no le gusta. Nadie está satisfecho con lo que en suerte le cupo, general verdad es ésta, y Raimundo Silva, que debería apreciar por encima de todo lo demás el llamarse Bienvenido, que precisamente dice lo que quiere decir, bienvenido a la vida, hijo mío, pues no señor, no le gusta el nombre, afortunadamente, dice él, se perdió la tradición de que fueran los padrinos los que decidieran en la puntillosa cuestión de la onomástica, aunque reconozca que le gusta mucho ser Raimundo, por un no sé qué de solemne o de antiguo que hay en la palabra. De los bienes de la señora que fue madrina esperaban los padres de Raimundo alguna parte para el futuro del hijo, y por eso, faltando a la costumbre que mandaba dar al niño sólo el nombre del padrino, se añadió el nombre de la paraninfa, pasado a masculino. El destino no atiende a todo de la misma manera, lo sabemos bien, pero en este caso alguna concomitancia hay que reconocer entre unos bienes de los que nunca hubo beneficio y un nombre tan absolutamente repudiado, sin que debamos, no obstante, sospechar una relación de causa y efecto entre decepción y rechazo. En Raimundo Bienvenido Silva, los motivos, que en momento alguno de su vida habían sido de rencorosa frustración, son hoy, unos, meramente estéticos, por no sonarle bien la vecindad de los dos gerundios, y los otros, por así decirlo, éticos y ontológicos, porque, según su manera desengañada de entender, sólo una ironía muy negra pretendería hacer creer que alguien es realmente bienvenido a este mundo, cosa que no se contradice con la evidencia de que haya quien se encuentre bien instalado en él.