Esta inesperada incursión por las fronteras de entomología nos muestra, de manera concluyente, que los errores atribuidos al corrector en definitiva no son suyos, sino de estos libros que no hicieron más que repetir, sin contraprueba, obras más antiguas, y, siendo así, compadezcamos a quien vino a ser víctima inocente de la buena fe propia y del ajeno error. Verdad es que, condescendiendo tanto, volveríamos a caer en la disculpa universal ya execrada, pero no la haremos sin previa condición, la de que, para su bien, atienda el corrector a la estupenda lección que sobre errores nos fue dada por Bacon, otro sabio, en el libro llamado Novum Organum. Divide él los errores en cuatro categorías, a saber idola tribus, o errores de la naturaleza humana, idola specus, o errores individuales, idola fori, o errores de lenguaje, y finalmente idola theatri, o errores de los sistemas. Resultan ellos, en el primer caso, de la imperfección de los sentidos, de la influencia de los prejuicios y pasiones, del hábito de juzgarlo todo según ideas adquiridas, de nuestra insaciable curiosidad a pesar de los límites impuestos a nuestro espíritu, de la inclinación que nos lleva a encontrar más analogías de las que realmente hay entre las cosas. En el segundo caso, la fuente de los errores viene de la diferencia entre los espíritus, unos que se pierden en los pormenores, otros en vastas generalizaciones, y también de la predilección que sentimos por ciertas ciencias, lo que nos inclina a querer reducirlo todo a ellas. En cuanto al tercer caso, el de los errores de lenguaje, el mal está en que muchas veces las palabras no tienen sentido, o lo tienen indeterminado, o pueden ser tomadas en acepciones diversas, y, finalmente, cuarto caso, son tantos los errores de los sistemas que no acabaríamos nunca si empezáramos a enumerarlos aquí. Válgase, pues, el corrector de este catálogo y prosperará, y sírvase también de los beneficios de aquella sentencia de Séneca, reticente como a los días de hoy conviene, Onerat discentem turba, non instruit, máxima lapidaria que la madre del corrector, hace muchos años, y sin saber latín y poquísimo de su lengua propia, traducía con natural escepticismo, Cuanto más lees, menos sabes.
Pero algo se está salvando de este examen y contestación, confírmese que no fue error escribir, porque, en fin, escrito está, que era ciego el almuédano. El historiador, que sólo habla de minarete y muecín, tal vez ignorase que casi todos los almuédanos, en aquel tiempo y por mucho tiempo después; eran ciegos. Y si lo sabe, quizá imagine que sería vocación particular de la invalidez el canto de la oración, o que las comunidades moras resolvían así, parcialmente, como siempre se hizo y seguirá haciéndose, el problema de dar trabajo a gente a quien faltaba el precioso don de la visión. Error suyo, ahora, que a todos invariablemente acaba afectando. La verdad histórica, y que lo aprenda, es que los almuédanos eran escogidos entre los ciegos, no por política humanitaria de empleo o encaminamiento profesional fisiológicamente adecuado, sino para que no pudieran indagar la intimidad de patios y azoteas que, desde lo alto del alminar, dominaban emblemáticamente. El corrector no se acuerda ya de cómo lo supo, seguro que lo leyó en libro de confianza que el tiempo no enmendó, por eso puede insistir ahora en que los almuédanos eran ciegos, sí señor. Casi todos. Sólo que, cuando en tal cosa le apetece pensar, no consigue rechazar de sí una duda, la de si a esos hombres no les arrancarían los ojos lúcidos, como se hacía y quizá aún se haga con los ruiseñores, para que de la luz no conocieran otra manifestación que una voz oída en las tinieblas, la suya, o, quizá, la de aquel Otro que no sabe más que repetir las palabras que vamos inventando, estas con las que intentamos decirlo todo, bendición y maldición, hasta lo que nombre no tendrá nunca, innominable.