De historia sacra, por ahora, nos basta ya. Importaría saber, eso sí, quién fue el que escribió el relato de aquel hermoso despertar del almuédano en la madrugada de Lisboa, con tal abundancia de pormenores realistas que llega a parecer obra de testigo presente, o, al menos, hábil aprovechamiento de cualquier documento coetáneo, no forzosamente referido a Lisboa, pues, para el caso, no se precisaría más que una ciudad, un río y una clara mañana, composición sobre todas banal, como sabemos. La respuesta, sorprendente, es que nadie escribió, que, aunque parezca que sí, no está escrito, todo aquello no fueron más que pensamientos vagos en la cabeza del corrector mientras iba leyendo y enmendando lo que escondidamente pasó en falso en las primeras y segundas pruebas. El corrector tiene ese doble talento de desdoblarse, traza un deleátur o introduce una coma indiscutible, y, al mismo tiempo, aceptemos el neologismo, se heteronomiza, es capaz de seguir el camino sugerido por una imagen, una comparación, una metáfora, no es raro que el simple sonido de una palabra repetida en voz baja lo lleve, por asociación, a organizar polifónicos edificios verbales que convierten su pequeño escritorio en un espacio multiplicado por sí mismo, aunque sea muy difícil explicar, en vulgar, qué quiere decir tal cosa. En tal caso le parece que es poco informar cuando el historiador se limita a hablar de muecín y minarete, sólo para introducir, si son permitidos juicios temerarios, un poco de color local y tinte histórico en el campo enemigo, imprecisión semántica que conviene corregir de inmediato, una vez que campo es el de los sitiadores, no el de los sitiados, que éstos están aún instalados con suficiente comodidad en la ciudad que, salvo alguna que otra intermitencia, es suya desde el año setecientos catorce, por las cuentas de los cristianos, que las del rosario moro son otras, como se sabe. Esta corrección la hizo el propio revisor, que posee ciencia más que satisfactoria en cuestión de calendarios, y sabe que la Hégira empezó, según la lección del Arte de Verificar las Fechas, obra disponible, en el día dieciséis de julio del seiscientos veintidós, después de Cristo, DC en abreviatura, sin olvidar, no obstante, que estando el año musulmán gobernado por la luna, y más corto, pues, que el de la cristiandad, gobernado por el sol, siempre es preciso descontar tres años por cada siglo andado. Buen corrector sería éste, tan escrupuloso, si cuidase de pararle alas a un discurrir propenso a fabulaciones ocasionalmente irresponsables, fue aquí el caso de haber pecado por facilitación, incurriendo en yerros evidentes y en dudosas aserciones, tres es lo que se desconfía, que, de probarse, muestran en definitiva que no tenía razón ninguna el historiador cuando le dio consejo, liviano, de que se dedicara a la historia. En cuanto a la filosofía, Dios nos libre.