Raimundo Silva busca en los diccionarios y en las enciclopedias, mira en Armas, en Edad Media, busca Máquinas de Guerra, y encuentra las descripciones vulgares del arsenal de la época, rudimentario, basta decir que entonces no se conseguía matar a un hombre elegido que estuviera a doscientos pasos de distancia, fuerte pérdida, ni nada que se le comparase, y para caza, si no había a mano arco o ballesta, tenía el cazador que aproximarse a los brazos del oso o a los cuernos del ciervo o a los dientes del jabalí, lo que aún hoy conserva semejanzas con tan arriesgadas aventuras es la corrida de toros, los toreros son los últimos hombres antiguos. En ningún lugar se explica en estos potentes volúmenes, ningún dibujo da una idea al menos aproximada de lo que fuese aquella mortífera fábrica que tanto amedrentaba a los moros, pero esta ausencia de información ya no es novedad para Raimundo Silva, lo que él quiere ahora es descubrir por qué se llamaba balear a la honda, y va de libro en libro, rebusca, se impacienta, hasta que al fin, el precioso, el inestimable Bouillet le enseña que los habitantes de las Baleares eran considerados, en la Antigüedad, los mejores honderos del mundo conocido, que era evidentemente, todo, y que de ahí habían tomado las islas el nombre, pues en griego disparar se dice balló, nada hay más claro, cualquier simple corrector es capaz de ver la etimológica línea recta que liga balló a Baleares, el error, tratándose de honda, está en haber escrito balear, cuando baleárica sería lo correcto, señor doctor. Pero Raimundo Silva no enmendará, el uso hace alguna ley, cuando no la hace toda, y, por encima de todo, primer mandamiento del decálogo del corrector que aspire a la santidad, a los autores se les debe evitar siempre el peso de vejaciones. Dejó el libro en su sitio, abrió la ventana, y fue entonces cuando la niebla le dio en la cara, densa, cerradísima, si en el lugar de las torres de la catedral estuviera aún el alminar de la mezquita mayor, seguro que no podría verlo, de tan delgado que era, aéreo, imponderable casi, y entonces, si ésa fuese la hora, la voz del almuédano descendería del cielo blanco, directamente de Alá, por una vez loador en causa propia, lo que del todo no podríamos censurarle porque, siendo quien es, con seguridad se conoce bien.