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Sólo la guerra podía satisfacer su pasión, sus deseos. Su frío, orgulloso y altanero semblante sólo cobraba vida durante la carga, durante el combate. El estrépito metálico de las armas al chocar era la música que adoraba; el canto de desafío, el único canto de amor que entonaría jamás.

En contraste, su primo, Palin Majere, era de constitución ligera, la estructura ósea, fina, con el cabello castaño rojizo y la tez clara. Sus ojos, inteligentes y de mirada penetrante, le recordaron a su tío de inmediato. La Señora de la Noche había visto a Raistlin Majere una vez, y había reconocido a su sobrino nada más ponerle los ojos encima. Era por las manos, pensó. Poseían el toque delicado, diestro, de las de su tío.

Primos, con la misma sangre corriéndoles por las venas. Sí, el parecido estaba ahí, en el espíritu, ya que no en el físico. Steel conocía su fuerza. Palin todavía tenía que descubrir la suya. Pero estaba en él del mismo modo que lo había estado en su tío. ¿Qué hacer para que redundara en beneficio de su Oscura Majestad? Porque, desde luego, ¡tenía que haber una razón para que los dos se hubieran encontrado!

Nada de coincidencias. No, aquí había un gran plan en marcha, pero la Señora de la Noche aún era incapaz de desentrañarlo. La respuesta acabaría revelándose. De eso no le cabía la menor duda. Tenía que tener paciencia, simplemente. Y así, observó y esperó.

Palin —que creía tal vez estar a solas, o bien no le importaba la presencia de la hechicera— empezó a hablar con sus hermanos:

—Fue culpa mía, Tanin —dijo quedamente con una voz ronca por el llanto—. Tuve la culpa de que murieras. Sé que me perdonas. Siempre me perdonaste, hiciera lo que hiciera. Pero ¿cómo voy a perdonarme a mí mismo? Si mi magia hubiera sido más poderosa, si hubiera estudiado con más ahínco, si hubiera aprendido más conjuros... Si no me hubiese quedado paralizado por el miedo, olvidando todo lo que sabía, no te habría fallado al final. Si me hubiera parecido más a mi tío...

¡Parecido más a mi tío!

Lillith oyó la frase. Un escalofrío de sobrecogimiento y excitación le erizó el vello de los brazos. Ahora veía el plan. Las ideas de su Oscura Majestad quedaron completamente claras para ella, o al menos tan claras como podrían estarlo en una mente mortal. ¡Tenía que ser eso! Ésta tenía que ser la razón. Los dos nombres —el uno con sus dudas e inseguridad, y el otro con su orgullo altanero— acabarían siendo uno la ruina del otro.

La Señora de la Noche no confiaba en Steel Brightblade. Jamás se había fiado de él; no desde que descubrió su procedencia, su familia. Había argumentado largamente contra su admisión en las filas de élite de los Caballeros de Takhisis. Los augurios eran malos; las piedras de vaticinio profetizaban la perdición.

Una piedra blanca a la izquierda: ése era el padre, Sturm Brightblade, renombrado y reverenciado Caballero de Solamnia, respetado incluso por sus enemigos por su valeroso sacrificio. Una piedra negra a la derecha: ésa era la madre, Kitiara Uth Matar, cabecilla de uno de los ejércitos de los Dragones, renombrada por su destreza e intrepidez en la batalla. Los dos estaban muertos, pero —la Señora de la Noche podía percibirlo— ambos trataban de alcanzar al hijo que habían traído a este mundo por accidente, no a propósito. Todo había ocurrido durante el viaje que realizaron juntos al norte de Ansalon en busca de sus respectivos padres, ambos Caballeros de Solamnia, cinco años antes de la Guerra de la Lanza. No podían formar una pareja más dispar. Al principio Kit pensó que el joven Brightblade, con su firme dedicación y su fervor religioso, era divertido, pero pronto se aburrió de él. El caballero no quería entrar en las tabernas, tachándolas de lugares de perversión; todas las noches recitaba sus plegarias y durante el día reprochaba a Kitiara sus faltas con severidad. Kit habría tolerado todo esto, pero el caballero cometió un grave error: quiso darle órdenes, algo que la guerrera no podía permitir. Kit se propuso darle una lección, demostrarle cuál de los dos era el más fuerte. Pensó en retarlo a un duelo, pero vencerlo con las armas no sería lo bastante humillante, así que ideó otro modo de vengarse: seducirlo. Al principio le resultó un juego divertido. Dejó de discutir con él y le demostró admiración constantemente, alabándolo en todo lo que hacía. El caballero luchó con todas sus fuerzas para refrenar su pasión, pero era humano y su joven sangre, caliente. No tenía ninguna experiencia en este terreno, todo lo contrario que Kitiara, y una noche la guerrera lo sedujo. A la mañana siguiente, Sturm comprendió el alcance de lo que había hecho, y le pidió que se casara con él. Kitiara se rió en su cara y le contó todo su plan; no sólo no lo quería, sino que lo despreciaba. Consiguió lo que se proponía: verlo humillado, avergonzado, y finalmente lo abandonó.

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