Читаем Los Caballeros de Takhisis полностью

Usha se puso colorada de rabia y vergüenza, y contuvo una réplica cáustica. El viejo había sido amable y la había ayudado. Si quería burlarse de su escaso atractivo, se había ganado el derecho a hacerlo. En cuanto a lo demás que había dicho sobre una «tasa» y dejarla atracar «gratis», no tenía ni idea de lo que hablaba. Escudriñando a través de la maraña de mástiles localizó el muelle al que se refería, y le pareció un remanso de paz comparado con los muelles principales. Dándole de nuevo las gracias al viejo —con un tono bastante frío— Usha condujo su bote en aquella dirección.

El puerto público se encontraba mucho menos abarrotado dado que estaba restringido a botes pequeños, principalmente embarcaciones de recreo de los potentados. Usha arrió las velas, remó hasta encontrar un muelle, y echó el ancla. Recogió sus pertenencias, careando una de las bolsas a la espalda y la otra sujeta a la cintura, y desembarcó. Amarró el bote al muelle y echó a andar, pero se detuvo para echarle una última ojeada.

La embarcación era el último vínculo con su tierra, con el Protector, con todos a los que amaba. Cuando se separara de ella, estaría alejándose de su vida pasada. Recordó el extraño fulgor rojizo en el cielo la noche anterior y de repente odió tener que marcharse. Pasó la mano por el cabo que la unía al bote que, a su vez, la unía con su país. Los ojos se le llenaron de lágrimas. Medio cegada, se volvió y chocó con algo oscuro y sólido que la agarró por una manga.

Una voz, que venía de alguna parte a la altura de su cintura, barbotó:

—¿Dónde crees que vas, muchachita? Está el asuntillo de la tasa de atraque.

Usha, avergonzada de que la hubieran sorprendido llorando, se limpió los ojos rápidamente. El que la acosaba era un enano de barba canosa y desaliñada, y con la cara arrugada y los ojos entrecerrados de los que han pasado la vida contemplando el sol reflejándose en el agua.

—¿Tasa? No sé a qué te refieres —contestó Usha, que intentaba no mirarlo fijamente. Tampoco había visto nunca un enano, aunque los conocía por las historias que le contaba el Protector.

—¡Una tasa para poder dejar tu bote donde lo has amarrado! No creerás que la gente de Palanthas dirige esta actividad por su buen corazón, ¿verdad, muchachita? ¡Hay una tasa! ¿Durante cuánto tiempo vas a dejar el bote? ¿Un día, una semana, un mes? La tasa varía.

—Yo... no lo sé —dijo Usha desvalidamente.

Para los irdas no existía el concepto de dinero. Al ser sus necesidades sencillas, cada irda producía lo que le hacía falta, ya sea de manera artesanal o mediante la magia. A un irda nunca se le ocurriría intercambiar algo con otro. Tal acción sería equivalente a una intromisión en el alma del otro.

Usha empezaba a recordar ciertas historias que el Protector le había contado acerca de los enanos.

—¿Quieres decir que si te doy algo me permitirás que deje el bote aquí a cambio?

El enano la miró fijamente, entrecerrando los ojos hasta dejar una estrecha rendija.

—¿Qué te pasa, muchachita? ¿La botavara te golpeó en la cabeza? —Cambió la voz y empezó a hablarle en un tono más agudo, como quien habla con un niño—. Sí, pequeña, tú das al buen enano algo, preferentemente monedas de frío y duro acero, y el buen enano te permitirá que dejes el bote donde está. Si no le das algo bonito al buen enano, preferentemente monedas de frío y duro acero, el buen enano tendrá que embargar tu condenado bote. ¿Lo coges?

El rostro de Usha se puso rojo como la grana. No tenía monedas; ni siquiera estaba segura de lo que significaba esa palabra. Pero una multitud de hombres sonrientes, algunos de ellos de mala catadura, empezaba a arremolinarse alrededor de los dos. Usha sólo quería marcharse de allí. Manoseando torpemente en el interior de las bolsas, sus dedos cogieron un objeto. Lo sacó y se lo echó al enano.

—No tengo monedas. ¿Te vale eso?

El enano lo cogió y lo examinó atentamente. Los ojos entrecerrados se abrieron más de lo que probablemente lo habían hecho en un centenar de años. Entonces, al reparar en el interés de los hombres que había alrededor, el enano les lanzó una mirada furibunda al tiempo que cerraba la mano sobre el objeto.

—Platino, por la barba de Reorx. Y con un rubí —se lo oyó musitar. Agitó la mano en dirección a los hombres—. ¡Largaos, fisgones mamelucos! ¡Ocupaos de vuestros asuntos o haré que los guardias caigan sobre vosotros!

Los hombres se echaron a reír, hicieron unos cuantos comentarios chuscos, y se alejaron. El enano cogió a Usha por la manga e hizo que se agachara hasta estar a su altura.

—¿Sabe qué es esto, señorita? —Ahora se mostraba mucho más educado.

—Un anillo —contestó Usha, pensando que tal vez él no sabía lo que era.

—Sí. —El enano se lamió los labios. Su mirada se dirigió anhelante hacia la bolsa—. Un anillo. Puede que... puede que haya más de donde ha salido éste, ¿no?

A Usha no le gustó su mirada y apretó la mano sobre la bolsa, acercándola más a su cuerpo.

—¿Es bastante con eso para dejar el bote a tu cuidado? —replicó.

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