Читаем El puente полностью

Un motor volando; sin piloto, sin combustible, sin superficies de control, sin forma de volar. La carcasa se desvanece en combustión por combustión. Solo unas bocanadas de humo se molestan en continuar. El motor se ha esfumado, los propulsores desaparecen en un estallido repentino de humo gris, y lo que queda no deja más que una fina línea gris que se va marchitando hasta eclipsarse del todo. Ya no queda nada. Solo el rielo azul y los globos más allá de los sesgos y las verticales arremolinadas del puente emborronado por la velocidad.

El tren traquetea y me zarandea. Estoy medio despierto.

Vuelvo a dormirme.


Durante el viaje tuve extraños sueños recurrentes sobre una vida en tierra firme; veía siempre a un hombre, primero era un niño, después un adolescente y finalmente un joven, aunque nunca lo vi claramente en ninguna de dichas etapas. Era como si todo estuviese envuelto por una neblina, en blanco y negro, y abarrotado de cosas que eran más que meras imágenes visuales, menos que algo tangible y real; como si estuviera contemplando una vida en una pantalla distorsionada, pero al mismo tiempo pudiese ver dentro de la cabeza de aquel hombre, ver sus pensamientos, las asociaciones y conexiones, las conjeturas y las imaginaciones que emergían de él y estallaban contra la pantalla que yo estaba contemplando. Todo parecía gris e irreal, y en ocasiones hallé similitudes entre lo que sucedía en el extraño sueño recurrente y lo que ocurría en mi vida en el puente.

Tal vez aquello era la realidad, mis recuerdos deteriorados recuperados lo bastante como para formar una especie de espectáculo desordenado e intentar entretenerme o informarme lo mejor posible. Recuerdo haber visto algo parecido al puente en un punto de mi sueño, pero solo desde la distancia, desde una costa, creo, pero tan lejano como pequeño. Más tarde pensé que podía haberme encontrado debajo, pero de nuevo era demasiado pequeño, y demasiado oscuro; un eco menor, nada más.


El tren vacío en el que me había escondido viajó durante varios días sobre el puente; a veces aminoraba la velocidad, pero nunca se detuvo. Podría haber saltado del vagón un par de veces, pero me habría matado y estaba decidido a llegar al final de la gran estructura. Tan solo podía recorrer tres vagones vacíos, dos de pasajeros -con asientos, mesas pequeñas y compartimentos para dormir- y el del comedor. Pero no había cocina, y las puertas de los extremos de los tres vagones estaban cerradas con llave.

La mayor parte del tiempo la pasé escondido, encogido en uno de los asientos reclinables para no ser visto desde fuera, o tumbado sobre la litera superior del coche cama, mirando con cautela a través de las cortinas el puente en el exterior. Bebía agua del lavabo y soñaba, despierto o dormido, con comida.

Los vagones no se iluminaban por las noches, embrujados por los centelleantes rayos de la luz amarilla anaranjada del exterior, cuya calidez se incrementaba día tras día. La luz del sol brillaba cada vez más. La forma global del puente no parecía cambiar, pero las personas que veía ocasionalmente junto a las vías sí eran distintas; sus pieles eran de diferente color, más oscuras a medida que aumentaba la luz del sol.

No obstante, al cabo de unos días, todo pareció ensombrecerse de nuevo, mientras yo seguía tumbado, debilitado por el hambre, y traqueteaba sobre un asiento reclinable como un peso muerto. Empecé a creer que la luz no había cambiado en absoluto, y que había algo en mi cabeza que me hacía ver a las personas como si fueran sombras. Sin embargo, me dolían los ojos.

Entonces, una noche me desperté tras soñar con la última vez que cené con Abberlaine Arrol, y vi que reinaba la oscuridad, tanto dentro como fuera del vagón.

Del puente no salía ni un ápice de luz, no se distinguía ni un reflejo sobre los cromados del vagón, ni siquiera veía mi propia mano frente a mi rostro. Cerré los ojos bien fuerte, para ver la falsa luz nerviosa que crea el ojo como reacción ante la presión física.

Me dirigí a tientas hasta la puerta más cercana que daba al exterior, abrí la ventanilla y saqué la cabeza. Un olor extraño, fuerte y denso, entró en la cálida atmósfera del vagón. Al principio me alarmó; no era ni sal, ni pintura, ni aceite ni humo.

Entonces vi un minúsculo filo de luz sobre mí, moviéndose lentamente. El tren seguía avanzando a gran velocidad -la estela que vertía rugía a través de la ventana y tiraba de mi ropa-, pero fuera lo que fuera lo que estaba viendo, la luz se movía despacio sobre ello; debía de estar muy lejos. Pensé que podía tratarse de un banco de nubes iluminado por las estrellas, pero me di cuenta de que el perfil de luz era continuo, sin rayos o vigas que fragmentasen la visión en parpadeos.

¿Acaso una parte de la estructura del puente se encontraba bajo el nivel de las vías? Empecé a sentirme débil otra vez.

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