Читаем El puente полностью

Somos piedra, parte de la máquina (¿Qué máquina? Esta máquina; mirémosla, sostengámosla, agitémosla, veamos cómo se forman los patrones; contemplemos cómo nieva, o llueve, o sopla, o brilla), y vivimos la vida de las piedras; primero somos ígneos cuando somos niños, metamórficos en la flor de la vida, y sedimentarios en la sedentaria senilidad (¿regreso a la subducción?). De hecho, la realidad literal es aún más fantástica: que todos somos estrellas; que todos nuestros sistemas y el único sistema son el cieno sedimentado de antiguas explosiones, estrellas que mueren desde ese primer nacimiento; detonan entre el silencio y envían sus gases ametrallados en espiral, en tropel, en agrupaciones y formaciones (a ver quién supera esto).

Así, todos somos cieno, somos precipitados, excedentes (la nata y la espuma); nada más. Uno es lo que sucedió antes, solo otra recogida, un punto en una línea (recta), simplemente el frente de onda.

Traqueteo y zarandeo. Una máquina dentro de una máquina dentro de una máquina dentro de una máquina dentro de… ¿puedo parar ya?

Zarandeo, traqueteo. Sueños de algo lejano en el pasado, algo alojado en algún lugar del cerebro que por fin emerge a la superficie (otra metralla, más esquirlas).

Zarandeo traqueteo zarandeo traqueteo. Medio dormido, medio despierto.

Ciudades y Reinos y Puentes y Torres; estoy seguro de que los veré todos. Después de todo, en algún momento llegaré a algún sitio, supongo.

¿Dónde diablos estaba aquel puente oscuro? Sigo buscando.

En el silencio del tren, veo el puente pasar. A la velocidad a la que avanzamos, la arquitectura secundaria casi desaparece a la vista; lo único visible es el propio puente, la estructura original, un rojo resplandeciente en zigzag bajo sus propias luces o bajo los rayos del sol. Más allá, el río oscuro que brilla bajo el nuevo día.

Las vigas sesgadas pasan junto a mí como eternas cuchillas cortantes, atenuando las vistas, seccionándolas, dividiéndolas. Bajo la nueva luz, en la neblina del día, me parece vislumbrar otro puente río arriba; un eco gris, una sombra fantasma de mi puente, asomando entre la niebla que cae sobre las aguas. Fantasma. Un puente fantasma; un lugar que conocí hace tiempo, pero ya no. Un lugar de…

Al otro lado, río abajo, a través de las líneas cortantes de la gran estructura, veo los dirigibles flotando en el aire bajo el sol, como submarinos obesos, muertos y rellenos de un gas corrupto.

Entonces llegan los aviones, volando a mi misma altura, junto a mí, en la misma dirección que el tren, y lo adelantan lentamente. Los rodean nubes negras, oscuras ráfagas de humo que detonan en el cielo que los sigue. Sus propias señales rítmicas se mezclan con las manchas negras que forman las defensas antiaéreas reactivadas del puente y complican todavía más el mensaje ya ilegible que se arrastra tras los aparatos.

Invulnerables e indiferentes, los aviones plateados atraviesan en perfecta formación la metralla furiosa de los cartuchos que estallan, trazan una escritura en el cielo más impecable que nunca y sus lustrosos cuerpos bulbosos lanzan destellos al sol. Los tres, del primero al último, aparecen intactos; sus líneas remachadas no se rompen ni con las manchas de aceite y hollín.

Entonces, cuando están demasiado lejos como para verlos claramente a través del ángulo de la estructura creciente, cuando ya he decidido que deben de ser realmente invulnerables, o que tal vez las armas del puente disparan cargas de fogueo y no metralla, uno de los aviones recibe un impacto. En la cola. Es el avión del centro. Inmediatamente, empieza a aminorar la velocidad, se queda atrás respecto a los otros dos, vomita humo negro por la parte posterior, pero sin interrumpir las ráfagas de su mensaje, que se van debilitando a medida que el aparato pierde distancia con los otros, hasta volar a la misma velocidad que el tren. No se desmarca ni emprende ninguna otra acción evasiva; mantiene un ritmo regular, pero más lento.

La cola desaparece, consumida por el humo. El avión sigue volando en línea recta y manteniendo una velocidad constante. Gradualmente, el fuselaje va desapareciendo. El aparato mantiene el mismo ritmo que el tren y no se desvía de su ruta, aunque las ráfagas antiaéreas no cesan contra él, con daños o sin ellos. La mitad del fuselaje se ha esfumado, ya no tiene cola. El humo gris empieza a comerse las alas y la parte posterior de la cabina. Es imposible pilotar el avión; debería haber perdido el control en el momento en que perdió la superficie de la cola, pero continúa volando, siguiendo la marcha del tren y su velocidad. La nube espesa de humo gris se come el fuselaje, la cabina y las alas, y va perdiendo grosor a medida que todo desaparece; solo queda la carcasa del motor y la línea, prácticamente invisible, de los propulsores.

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