Читаем El puente полностью

Él se quedó allí de pie, atónito, durante un momento, tras el que se dirigió en busca de Andrea. Estaba fuera, en el aparcamiento, inclinada ante el coche fúnebre. Encendía un cigarrillo mentolado More mientras él se acercaba a ella.

– No deberías hacerlo -dijo él-. Piensa en tus pulmones.

– Solidaridad -respondió ella amargamente, con la mirada destrozada-. Mi viejo ahora también está echando humo.

Su mentón empezó a temblar de forma casi imperceptible. De pronto, un sentimiento piadoso se adueñó de él. Le alargó la mano, pero ella retrocedió, se dio la vuelta y se acurrucó en su abrigo negro. Él permaneció inmóvil un momento, conocedor de que unos años antes se habría sentido herido ante semejante rechazo y se habría marchado sin dudarlo. Pero esperó, y ella volvió hacia él, tirando el More en la gravilla y pisándolo con un giro de talón.

– Sácame de aquí, anda. ¿Dónde está el Porsche? Lo estaba buscando.

Se marcharon a Gullane en el Saab; ella quería ver el lugar donde había muerto su padre. Se detuvieron en el arcén, aún lleno de cristales, junto al muro destrozado. Él la miró por el retrovisor, mientras ella miraba el suelo como esperando que la hierba volviera a crecer ante sus ojos. Tocó el suelo y las piedras del muro de la granja, y regresó al coche sacudiéndose la tierra y el polvo de las pálidas manos. Le contó que su hermano pensaba que era morbosa por querer ver aquel lugar.

– Tú no opinas lo mismo, ¿verdad? -le preguntó. No, no, por supuesto que no era una morbosa. Se fueron a la casa fría y vacía de las dunas de la bahía de la costa este.

Ella se volvió y lo abrazó en cuanto cruzaron el umbral de la puerta; cuando él intentó besarla con delicadeza y suavidad, ella apretó sus labios contra él, clavó las uñas en su nuca, en su espalda, en sus nalgas. Emitió una especie de gemido que él nunca antes había oído y le arrancó la chaqueta de los hombros. Él ya había decidido seguir la pauta de aquella reacción erótica desesperada y angustiada, e intentó dirigirla a un lugar algo más cómodo que la puerta de entrada, con sus corrientes de aire, sus azulejos fríos y su felpudo áspero, cuando su decisión se convirtió en algo totalmente innecesario. Fue como si su cuerpo se despertase de pronto ante lo que estaba sucediendo, como si una fiebre que se contagia al instante hubiese pasado de ella a él. De pronto, estaba tan consumido, tan salvajemente y absurdamente abandonado como ella, y la deseaba más de lo que recordaba haberla deseado nunca. Cayeron sobre el felpudo, ella lo atrajo hacia su cuerpo, sin quitarse apenas la ropa. Los dos terminaron en segundos y, solo entonces, ella rompió a llorar.


El abogado le había dejado en herencia los palos de golf. No pudo evitar sonreír, fue un gesto amable por su parte. A su esposa (que tenía sus propias fuentes de ingresos) le dejó la casa de Moray Place. El hijo heredó todos sus libros de leyes y los dos cuadros de más valor; y Andrea se quedó con lo demás, exceptuando una suma de dinero destinada a los hijos de su hijo, a algunas sobrinas y sobrinos, y a un par de causas benéficas.

El hijo estaba ocupado con la herencia, por lo que él y Andrea fueron los encargados de acompañar a la señora Cramond a Prestwick para tomar el vuelo nocturno hacia Estados Unidos. Rodeó los hombros de Andrea con el brazo mientras contemplaban el despegue del avión, que viraba sobre el oscuro Clyde para encararse en dirección a América. Él insistió en esperar hasta perderlo de vista, y se quedaron allí, mientras observaban cómo el parpadeo de las luces menguaba cada vez más en los últimos albores del día. En algún lugar sobre el Mull of Kintyre, cuando ya apenas se veía, el avión salió de entre las sombras de la tierra hacia los rayos postreros del sol, cerrando su paso con una estela de humo, rosado glorioso en contraste con un azul profundo y oscuro. Andrea contuvo el aliento y luego soltó una risita suave, la primera vez que reía desde que se había enterado de lo de su padre.

De nuevo en el coche, en dirección norte junto al río oscuro, él confesó que no habría imaginado que la estela aparecería de aquella forma tan repentina y, tras dudarlo un momento, le contó que había intentado seguir al avión que la llevó a París un año antes. Ella lo llamó tonto sentimental y lo besó.

Fueron a ver al padre de él y después se tomaron unos días libres. Ella disponía de dos semanas antes de regresar a París, y él no tenía ningún trabajo urgente, por lo que viajaron en coche sin un destino determinado, pasaron las noches en pequeños hoteles y pensiones, sin rumbo decidido al salir por las mañanas. Vieron Mull, Sky, Cape Wrath, Inverness, Aberdeen, Dunfermline -donde pernoctaron en casa de Stewart y Shona-, rodearon los puentes y la ciudad para dirigirse a las fronteras vía Culross y Stirling, Blyth Bridge y Peebles. Durante el viaje, fue el cumpleaños de ella y él le compró una pulsera de oro blanco. El último día, volvían desde Jedburgh a Edimburgo cuando ella vio la torre a lo lejos.

– Vamos allí -dijo.

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