Читаем El puente полностью

Él contempló el lejano paisaje durante un rato, observando cómo el viento balanceaba las afiladas copas de los abetos. Soltó una única carcajada, un repentino encogimiento de hombros, un ruido sordo en su pecho.

– ¿Qué? -preguntó ella, sin levantar la cabeza.

– Solo estaba pensando -respondió-. Supongo que, si te pidiera que te casaras conmigo, no me dirías que sí, ¿verdad? -acarició de nuevo sus cabellos. Ella levantó lentamente la mirada y no supo interpretar la expresión de su calmado rostro.

– Yo también lo supongo -dijo suavemente, parpadeando y mirándolo a los ojos, serenos bajo un ceño levemente fruncido.

Él se encogió de hombros y volvió a mirar al infinito.

– Bien. Qué más da.

Ella lo abrazó de nuevo, apoyando la cabeza en su pecho.

– Lo siento. Si fuera alguien, serías tú. Pero es que yo soy así.

– Sí, qué diablos… Supongo que yo también soy así. Simplemente, no quiero volver a separarme de ti tanto tiempo.

– No creo que tengamos que volver a hacerlo. -El viento llevó un mechón de sus rojos cabellos contra el rostro de él y le hizo cosquillas en la nariz-. No es solo Edimburgo, ¿sabes? También eres tú. Necesito mi propio lugar. Pero me temo que siempre me dejaré llevar por una voz dulce o un buen trasero, pero… bien, tú decides. ¿Seguro que no quieres encontrar una buena esposa? -lo miró, sonriendo.

– Ah… -dijo él, asintiendo-. Completamente seguro.

Ella lo besó, suavemente al principio. Él se apoyó contra uno de los postes grises y cuadrados de la estructura de la torre, apretando las nalgas y paseando la lengua dentro de su boca, pensando, bueno, si el poste cede, qué demonios. Nunca habré sido más feliz. Hay peores formas de morir.

Ella lo apartó, con una sonrisa familiar y satisfecha en el rostro.

– Mira lo que has conseguido con tus dulces palabras, cabrón.

– Eres una guarra insaciable -dijo él, volviendo a apretarla contra su cuerpo.

– Siempre sacas lo mejor de mí. -Le sobó las pelotas a través de los pantalones y acarició su erección.

– Pensaba que te había venido el período.

– Venga, hombre, no tendrás miedo de un poco de sangre… ¿o sí?

– No, claro que no, pero no tengo pañuelos, ni…

– Joder, ¿por qué eres tan maniático? -rugió ella; le mordió el pecho y sacó un pañuelo blanco de su chaqueta, como un mago que extrae una paloma de su chistera-. Toma, por si tienes que limpiarte.

Silenció la boca de él con la suya. Sacó su camisa de los pantalones y miró el pañuelo que sostenía con la otra mano.

– Es de seda -dijo él.

– Será mejor que lo tengas claro, muchacho; me merezco lo mejor. -Le bajó la cremallera.


Después permanecieron tumbados, tiritando ligeramente por la brisa de un fresco día de julio que desaparecía lentamente entre la estructura de madera pintada. Él le dijo que sus areolas eran arandelas rosadas; sus pezones, tornillos dulces, y los diminutos cortes de las puntas, ranuras para un destornillador. Ella reía, divertida ante semejantes comparaciones. Lo miró a los ojos, con una expresión picara en la mirada.

– ¿Me quieres de verdad? -preguntó, con una aparente incredulidad.

– Me temo que sí -respondió él, encogiéndose de hombros.

– Estás loco -lo riñó en broma, levantando una mano para jugar con un mechón de su pelo, sonriendo.

– ¿Tú crees? -preguntó él, besándole la punta de la nariz.

– Sí -respondió ella-. Soy inconstante y egoísta.

– Eres generosa e independiente. -Le apartó el pelo que tapaba sus ojos por culpa del viento.

– Bueno, el amor es ciego -dijo ella, riendo.

– Eso dicen. -Suspiró-. Yo no lo veo.

Metamorfosis:

Oligoceno

Cuando era joven, veía esas cosas flotar frente a mis ojos, pero sabía que en realidad estaban dentro de ellos y que se movían de la misma forma que esos falsos copos de nieve en las bolas de agua que emulan escenas invernales. Nunca conseguí averiguar qué demonios eran (una vez, se las describí al doctor como carreteras en un mapa (yo sé lo que quise decir, aunque sería más apropiado describirlas como diminutos tubos de cristal con pedacitos de materia oscura atascados en ellos), pero como nunca me habían causado problemas, no les presté atención. Al cabo de varios años, descubrí que eran algo normal; simplemente, células muertas del ojo que flotaban deslizándose en el líquido. Creo que una vez llegué a preocuparme por si formaban sedimento, pero supuse que existiría alguna reacción biológica dentro del ojo que impediría que aquello ocurriese. Qué lástima; con una imaginación como la mía, seguro que hubiera sido un gran hipocondríaco.

Alguien me habló una vez del cieno; me dijo que se sumergía, que habían absorbido tanta agua de los pozos artesianos, y tanto aceite y gas, que las pequeñas partículas de cieno se sumergían en el agua. Estaba muy preocupado por el asunto. Por supuesto que hay solución; introducir agua de mar con una bomba. Es más caro que aspirar los sedimentos, pero todo tiene un precio (aunque, evidentemente, hay márgenes y márgenes).

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The clash of civilizations will be won ... by thte highest bidderWhat happens when America's most lethal military contractor becomes uncontrollably powerful?His election promised a new day for America ... but dangerous storm clouds are on the horizon. The newly inaugurated president, Joseph Gardner, pledged to start pulling U.S. forces out of Iraq on his first day in office--no questions asked. Meanwhile, former president Kevin Martindale and retired Air Force lieutenant-general Patrick McLanahan have left government behind for the lucrative world of military contracting. Their private firm, Scion Aviation International, has been hired by the Pentagon to take over aerial patrols in northern Iraq as the U.S. military begins to downsize its presence there.Yet Iraq quickly reemerges as a hot zone: Kurdish nationalist attacks have led the Republic of Turkey to invade northern Iraq. The new American presi dent needs to regain control of the situation--immediately--but he's reluctant to send U.S. forces back into harm's way, leaving Scion the only credible force in the region capable of blunting the Turks' advances.But when Patrick McLanahan makes the decision to take the fight to the Turks, can the president rein him in? And just where does McLanahan's loyalty ultimately lie: with his country, his commander in chief, his fellow warriors ... or with his company's shareholders?In Rogue Forces, Dale Brown, the New York Times bestselling master of thrilling action, explores the frightening possibility that the corporations we now rely on to fight our battles are becoming too powerful for America's good.

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