Solo pudieron acercarse a unos ochocientos metros en coche. Aparcaron en una carretera estrecha y desértica, ella se puso las botas de montaña, él sacó la cámara y se pusieron a caminar a través de un campo y de un bosque de helechos, subiendo por la colina hacia la torre que se erigía sobre una cima de roca y hierba. Desde la carretera, no parecía tan inmensa. Era enorme; una solución del terrateniente local contra el desempleo de principios del siglo anterior, al tiempo que un monumento a un hombre y a una gran batalla.
Sus piedras oscuras parecían erguirse hasta el infinito entre el viento; una colosal estructura gris en la cumbre sostenía lo que parecía una plataforma abierta bajo un obelisco cónico de madera. Él hubiera apostado por la presencia de una carretera hasta allí, lo mismo que de un aparcamiento, un tenderete de recuerdos, trabajadores de mantenimiento y un puesto de venta de entradas. Pero ni siquiera había un triste sendero. Permanecieron allí de pie, estirando el cuello para no perderse detalle. La vista desde la ladera de la colina era lo suficientemente impresionante. Él tomó algunas fotografías.
Ella se volvió y lo miró con una gran sonrisa.
– ¿Cómo dijiste que se llamaba este sitio?
– Penielhaugh, creo -respondió él tras consultar el mapa.
– Me pregunto si podemos entrar -prosiguió ella, acercándose a una puerta pequeña, bloqueada por tres grandes rocas. Intentó apartarlas.
– Estás de suerte -añadió él, empujando las rocas. La puerta se abrió, ella aplaudió entusiasmada y entraron.
– ¡Vaya! -exclamó ella. La torre estaba vacía, solo era un gran tubo de madera. Reinaba la oscuridad, y el suelo de tierra estaba cubierto de excrementos de paloma y plumas diminutas, mientras el sonido de los pájaros interrumpidos en su cotidianeidad resonaba débilmente en la penumbra. De pronto, se oyó un aleteo repentino, como un aplauso dubitativo que se atenuara. Arriba, unos pájaros volaban a través de los rayos polvorientos del sol que se filtraban desde la cúpula. El aire estaba cargado del olor de los animales. Una escalera minúscula y estrecha que sobresalía de la pared ascendía en espiral hacia la luz que coronaba las tinieblas.
– Qué sitio más sorprendente -susurró él.
– Es como… tolkienesco -repuso ella, con la cabeza hacia atrás, mirando hacia arriba con la boca abierta.
Él se acercó a la escalera de caracol. Había una pequeña barandilla de acero con los barrotes oxidados. Pensó que tendría un siglo y medio de antigüedad, si es que era la original. O tal vez más. La agitó, dudoso.
– ¿Crees que es segura? -preguntó ella, en voz baja. Él echó otro vistazo. Parecía que la cima era muy alta. ¿Cuarenta y tantos metros? ¿Tal vez sesenta? Recordó las rocas que bloqueaban la entrada. Ella también miró arriba, atrapó al vuelo una pluma que caía y la miró. Él se encogió de hombros.
– Qué diablos… -Empezó a subir por la escalera. Ella siguió sus pasos.
– Deja algo de espacio entre los dos. Yo peso más. -Siguió subiendo otros veinte escalones más o menos, con los pies pegados a la pared, sin apoyarse en la barandilla de acero. Ella lo siguió sin acercarse demasiado-. En principio, parece seguro -afirmó cuando se encontraba a medio camino, a la vez que miraba el pequeño círculo de tierra que parecía ahora la base de la torre-. Seguro que el equipo local de rugby entrena subiendo y bajando esto cada día.
– Segurísimo -se limitó a decir ella.
Llegaron a la cima. Era una plataforma ancha y octogonal, de madera pintada de gris, vigas gruesas, tablones sólidos y un juego firme y seguro de pasamanos. Llegaron casi sin aliento. A él le palpitaba fuerte el corazón.
El día era soleado. Se quedaron allí de pie, para recobrar la respiración; el viento acariciaba sus cabezas. Inspiraron el aire fresco y puro sobre la plataforma, bebieron de las vistas y tomaron varias fotografías.
– ¿Crees que desde aquí se ve Inglaterra? -preguntó ella, acercándose a él, que miraba hacia el norte, preguntándose si una lejana mancha que había en el horizonte, al otro lado de unas colinas distantes, estaría justo encima de Edimburgo. Tomó nota mental de comprar unos prismáticos para dejarlos en el coche. Miró a su alrededor.
– Seguramente -respondió él-. Dios mío, hasta podríamos ver a tu madre desde aquí, en un día tan claro como el de hoy.
Ella le rodeó la cintura con los brazos y apoyó la cabeza en su pecho. Él acarició sus cabellos.
– ¿En serio? -dijo ella-. ¿Y se verá también París?
Él suspiró, mirando hacia otra parte, más allá de la frontera, más allá de las colinas, los bosques, los campos y los setos.
– Sí, tal vez se vea París. -Miró sus ojos verdes-. Creo que tú ves París desde cualquier lugar.
Ella no respondió. Se limitó a abrazarlo un rato más. Él la besó en la cabeza.
– ¿De verdad piensas volver?
– Sí -contestó ella, y él sintió cómo su cabeza asentía abrigada en su pecho-. Sí, pienso volver.